Debía encontrar un sexshop abierto. Tenía hasta las ocho de la tarde para encontrarlo. Después de comprarlo tenía que ir a recogerla. Me dijo: “Pues ya puedes encontrarlo”. Suponía que, aun siendo día festivo, estarían abiertos; pero no estaba seguro, en Madrid era lunes y festividad de la Purísima Concepción. Uno se imagina con dolor de muelas buscando desesperadamente una farmacia o con la nevera vacía y en busca de un chico abierto, todo menos esto. Es raro, un poco antes de salir de casa, me movía con la misma parsimonia y el mismo ritmo inquietante del que se prepara sin pausa y con prisa para salir y comprar un olvido; con una acelerada pero natural actitud que desordenaba las bases de mi entendimiento, si cabe, más racional. Parecía hacerme crecer a mí mismo que era un regalo lo que iba a comprar. Además, también sentí un hormigueo en alguna parte cerca del estómago, el mismo que provoca la novedad o la inquietud o la duda. Lógico, en cierto modo iba a ser eso. Varias y semejantes fueron las sensaciones, todas ellas nutridas por una excitante novedad.
Salí de casa. La noche estaba fría. Al llegar al portal, caí en la cuenta de que tenía que volver a casa a coger dinero, ya que prefería pagar con dinero contante. Llevado por un falso sentimiento de culpa o por una necesidad extraña de no querer dejar rastro alguno de la futura compra, me fui de regreso a casa, observado por una conciencia ajena y absurda que no había duda que era mía, pero que no comprendía. El absurdo pudor, pensé. El mismo que impide pasarlo bien en una noche de cena, copas y baile. Aun así, estaba decidido a hacerlo; nunca me tomé en serio el pudor que provoca el sexo, aunque de vez en cuando aflore cierto sentimiento educativo en contra.

Las calles estaban atestadas de cabezas, de niños con gorros de lana, de gente que subía y bajaba con desorden pero despacio; lo observaban todo, dejaban llevar sus ojos al encanto de cualquier color intermitente y brillante (luces de neón, creo que ese es su nombre). Sus cámaras digitales y borrachas fotografiaban. Andar con rapidez se hacía por momentos complicado; incluso me tuve que salir de la acera y pisar en el alquitrán que anuncia el final del camino peatonal para no descender el ritmo de mis pasos. Eran las siete y veinte. Pensé que todavía tenía tiempo, que cerrarían tarde ─ de estar abiertos ─ los sexshops. En el trascurso del viaje había hecho memoria, había intentado localizar mentalmente algún local que vendiera, como ellos mismos dicen, juguetes. No me gustó recordar el uso de la palabra juguete. No veo erótico pensar en un juguete e imaginármelo (como juguete) por entre las piernas de nadie. No deja de ser un eufemismo empresarial para endulzar el término consolador, más desolador, triste y en cierto modo cruel con su usuario.
Caían los minutos y no encontraba ningún sexshop abierto. Apenas recordaba por allí alguno y los que recordaba estaban lejos de donde me encontraba. Pensé que lo mejor era recorrer las calles aledañas. En las bifurcaciones me detenía, miraba a ambos lados y buscaba instintivamente luces de color rojo. No sé por qué, pero suponía que todos los sexshops tenían el color rojo como color principal en sus fachadas o en sus luminosos. Pensé en preguntar a algún transeúnte, alguien que conociera el barrio. No me decidí a hacerlo, me costaba detener a alguien en plena calle. Pensarlo me produjo un sentimiento cómico que duró poco, no más de un par de manzanas. Llegado a un punto parecido a la resignación, opté por preguntar a un barrendero. Un barrendero debería conocer sin mucho esfuerzo las calles que barre, pensé; de vez en cuando levantan la cabeza, y son muchas horas… Me decidí a preguntarle.
─ ¿Sabe si… por aquí hay algún sexshop? ─ pregunté con educación ─
─ No entiendo ─ respondió aturdido ─
Era un barrendero negro que no sabía a qué me refería. Supongo que el ayuntamiento no tiene culpa alguna. De todas formas, si le hubiera preguntado por la Asociación de Perturbados Sexuales la respuesta en forma de gesto habría sido parecida: su cara de asombro mezclada con una pizca de miedo.

El reloj me iba agotando la esperanza. Como si fuera de arena, con cada una de las piedrecitas que caían se diluía mi ilusión de follar acompañado del consolador.
Por fin, la suerte me sonrió. Lo que parecía una librería resultó ser un Centro Libre. Entre libros de Tantra estaba mi deseo en forma de pene plastificado. El local era de un minimalismo roto por unas cuatro estanterías correctamente iluminadas. Al fondo había un bar. No lo pude ver, pero lo supuse por la música. Había bastante gente, casi todo mujeres. El dependiente lanzada frases del tipo: “Se puede tocar”. Aún siendo un Centro Libre, sus moradores ocasiones sentíamos el pudor clásico de verse con una polla en la mano. Mirábamos las estanterías acristaladas con cautela: dejábamos los pies a una distancia prudente e inclinábamos la cabeza para ver algún detalle interesante. Señalé con el dedo uno, y la maquinaria explicativa del dependiente, que estaba cerca, se puso en marcha. Una vez hubo parado, me decidí por uno, uno cualquiera. “Espera que mire si tenemos ese color, ahora vengo”, me dijo. El elegido era de color negro, se podía usar bajo el agua y era de fácil manejo. “Está diseñado para mujeres”, me dijo sonriendo. Para más información, las pilas se pusieran cómo se pusieran no impedían su funcionamiento. El dependiente regresó con una negativa al color negro. A lo que respondí rápidamente con un verde-turquesa. Ese color no tuvo freno, y fue a parar a una bolsa de papel. Las mujeres hacía rato que se habían ido. Estaba solo. La bolsa, yo y el consolador abandonamos el local cada uno a su manera: La bolsa ruidosa; el consolador tranquilo, después de la prueba, que fue nerviosa; y yo con la misma sensación de alivio del que es atendido el último en un mercado en sábado tarde. Nada más salir, envié un mensaje a la futura usuaria del pene de goma. Todo estaba en orden.
Entramos en casa. Dejé la bolsa sobre una silla. A demanda fui a buscarla. Era su regalo y lo usó como quiso. Yo solo fui a buscarlo, quité el blister que lo envolvía y lo puse a los pies de su antojo. Apenas lo usó, pero no me sentí mal. En el fondo me alegré. Ahora sigue en su caja, cerca de los abrigos y de una bolsa de playa.