Nunca tuvo la ocasión de pasar frío en una noche de San Juan hasta hace unas horas. Fue un frío raro, algo cálido y húmedo. Él se encontraba cerca de la hoguera. Se proyectaba el calor a todos los que rodeaban sus llamas. Una música feriada adornaba como podía el asunto. Un cubata sudado, playero de hielos, adornaba la mano derecha de muchos. También la de él. Dos luces verdes parpadeaban. Otra roja estaba fija en el mar. Había hasta un pobre; con un atillo playero donde parecía guardar sus pertenencias: fue una señal de sirena varada amoldada al momento. La hoguera empezó a terminar de quemar la madera. Hasta una silla coronaba la apresurada montonera, lista para arder. Al cabo de unos minutos, bajaba su llama cansada; estaba abrasándolo todo en tan poco tiempo… Medias caras, mitades de vidas, quedaban reflejadas por la luz del fuego. Otras medias caras miraban a las otras medias caras alumbradas; unas fijas en un punto, otras distraídas en el bulto. El pelo rubio parecía oro quemado, el negro quería ser rubio. El calor inmovilizaba los pies, en un acto de gustosa espera. Las caras a la luz de la lumbre mutaban en otras. Los ojos de todos eran negros, hasta los más claros, hasta los más verdes, hasta los ojos de él habían perdido el castaño en de sus pupilas. El hielo sudaba un poco más, mientras todavía era materia. Una dulce sensación de soledad se detuvo frente a la hoguera: tú no estabas pero tu imagen sí, caliente, pensó él, como si te hubieras marchado hace bien poco después de un día de playa. Aquella piel espejada en llamas bien hubiera podido ser la tuya. El cielo negro delataba su presencia a causa del ruido del mar.  En cambio, tú te delatabas por culpa de tu ausencia, la cual imitaba al ruido del mar sin querer. Él era el único que miraba a la negrura sin horizonte. La arena seguía ahí, debajo de los pies. Parecía que el mundo quisiera decir algo entre los diminutos silencios, entre ola y ola, entre chasquido y chasquido. Era difícil entender algo, pero todos los ojos clavados en el fuego completaban las frases, se creaba una nueva noche sobre la noche, otra cara sobre alguna otra, otro silencio cada vez más largo, más audible. Y él te pudo ver joven, riéndote con media sonrisa, con los brazos haciendo gracias, con los hombros sonrojados por el sol, con los dientes reflejados en la penumbra. Tan hermosa estabas. Sí. Casi eras tan real, que, de no haber estado en el día San Juan, él habría pensado que habías vuelto a renacer en la playa para sus ojos, nocturna y mojada, recién salida de la negrura del agua, entre la espuma de la mar azucarada. De haber sido todo cierto, él habría esperado en la hoguera, con la certeza de saber que tú te acercarías a ella con los pies descalzos de tristeza.

Fuegos artificiales

Al observar su rostro, pude ver su cara detenida en mí; su rostro palideció, por así decirlo, por dentro, en un ejercicio de imaginación instantánea por mi parte. Fue un gesto de supuesta aprobación; a la vez que sus facciones retenían el indispensable parpadeo de sus ojos, uno de los lados de sus labios se arqueó. Pude ver sus ojos más blancos que nunca por dentro y más verdes naturaleza por fuera. Insinuar fue fácil, el lenguaje sobrevolaba sin palabras por su cintura. La complicación era que no había nada con lo que guarecerse de las posibles miradas: transeúntes o paseantes (más…)

Todavía creía que el sol iba a salir. Si sucedía, llevaba debajo una camiseta de manga corta. Pagó al taxista y caminó calle abajo. El ambiente era parecido al mejor que la primavera puede regalar, aunque corría un aire incómodo. Después de andar de aquí para allá, miró y no sabía si esa era la calle. La zona no se parecía a lo que ella recordaba. Nuevos negocios a ambos lados, fachadas de edificios nuevos y el gentío que tenía a su alrededor, distorsionaban su recuerdo. De dos vistazos a ambos lados pudo ver colgado el nombre de la calle impreso en un letrero metálico. Aquella chapa tenía una forma abombada. El polvo reposaba encima del nombre sobre fondo azul; había una balconada (más…)

No sé qué buscas, pero procuraré contarte algo que, más allá de tus gustos, se acerque a lo que deseas. Lo peor de todo no es saber qué se quiere contar, sino saber qué diablos, como diría un americano, no yo, buscan los demás. Como no sé responder a esa pregunta, me limito a contar sin pudor lo que tampoco sé si llegó a ser cierto o sólo parte de mi imaginación.

El día traerá adherido el aroma del deseo: singular sabor, entre pipa de calabaza y carne desnuda, que suele resultar del contacto de los labios de una mujer con los de un hombre. El carmín hará la función de agente externo, los dientes (más…)

Acabo de cerrar el tapón de la pasta de dientes. Fue un olvido de la última vez que lo usé. No son las primeras horas de ningún día. Es de madrugada. Por aquí cerca no queda nadie despierto. Son las 36,1 horas. Estoy en un año con una hora imposible, decimal y todavía inquietante. Y para más detalles, nadie se atreve a casi cualquier cosa por aquí cerca. El alcohol corre por los detalles, deformándolos a conveniencia a casi todos.
Y para colmo aquella desconocida, para más detalles, no creo que se atreva a quererme. No deja de ser una oportunidad que de momento desconoce el mundo de lo concreto, del tapón cerrado a destiempo. Ella es un par de ojos. Un querer todavía sin desenfreno ni pasión ni cara ni conocimiento.
Antes de irse a dormir a uno se le ocurre inventar detalles. Situaciones mágicas con la caducidad ceñida al término de la noche. Tan reales que ni el alcohol puede con ellas; y cede, el alcohol, y se serena a la fuerza. Son las 3 horas y cuarenta. Mañana estas palabras habrán quedado pegajosas por culpa de la lectura, e incompresibles por la suave cordura. Pero es inevitable seguir despierto e impedir con ello que los sueños se adueñen de lo que no es suyo. Los sueños no son más que un esclavo que piensa que no tiene cadena alguna que retenga sus muñecas. Es cruel si pudiera serlo, vengativo, si le dejaran salir del laberinto de ideas. Pero ahora no tiene poder, no es más que banalidad desfigurada sin fruto. No tiene cama. Es un expósito que de momento no procrea. Es nadie.
El torrente de ideas se hace hilo de agua, y luego gota, y después agua seca. Ya no queda nada que no haya sido escrito, solo queda la espera. Apenas queda con vida un tubo de pasta con tapón que ya no espera y un confín de ideas y un aliento a ron caliente sin sueño y sin ideas.

Debía encontrar un sexshop abierto. Tenía hasta las ocho de la tarde para encontrarlo. Después de comprarlo tenía que ir a recogerla. Me dijo: “Pues ya puedes encontrarlo”. Suponía que, aun siendo día festivo, estarían abiertos; pero no estaba seguro, en Madrid era lunes y festividad de la Purísima Concepción. Uno se imagina con dolor de muelas buscando desesperadamente una farmacia o con la nevera vacía y en busca de un chico abierto, todo menos esto. Es raro, un poco antes de salir de casa, me movía con la misma parsimonia y el mismo ritmo inquietante del que se prepara sin pausa y con prisa para salir y comprar un olvido; con una acelerada pero natural actitud que desordenaba las bases de mi entendimiento, si cabe, más racional. Parecía hacerme crecer a mí mismo que era un regalo lo que iba a comprar. Además, también sentí un hormigueo en alguna parte cerca del estómago, el mismo que provoca la novedad o la inquietud o la duda. Lógico, en cierto modo iba a ser eso. Varias y semejantes fueron las sensaciones, todas ellas nutridas por una excitante novedad.
Salí de casa. La noche estaba fría. Al llegar al portal, caí en la cuenta de que tenía que volver a casa a coger dinero, ya que prefería pagar con dinero contante. Llevado por un falso sentimiento de culpa o por una necesidad extraña de no querer dejar rastro alguno de la futura compra, me fui de regreso a casa, observado por una conciencia ajena y absurda que no había duda que era mía, pero que no comprendía. El absurdo pudor, pensé. El mismo que impide pasarlo bien en una noche de cena, copas y baile. Aun así, estaba decidido a hacerlo; nunca me tomé en serio el pudor que provoca el sexo, aunque de vez en cuando aflore cierto sentimiento educativo en contra.

puerta-del-sol

Las calles estaban atestadas de cabezas, de niños con gorros de lana, de gente que subía y bajaba con desorden pero despacio; lo observaban todo, dejaban llevar sus ojos al encanto de cualquier color intermitente y brillante (luces de neón, creo que ese es su nombre). Sus cámaras digitales y borrachas fotografiaban. Andar con rapidez se hacía por momentos complicado; incluso me tuve que salir de la acera y pisar en el alquitrán que anuncia el final del camino peatonal para no descender el ritmo de mis pasos. Eran las siete y veinte. Pensé que todavía tenía tiempo, que cerrarían tarde ─ de estar abiertos ─ los sexshops. En el trascurso del viaje había hecho memoria, había intentado localizar mentalmente algún local que vendiera, como ellos mismos dicen, juguetes. No me gustó recordar el uso de la palabra juguete. No veo erótico pensar en un juguete e imaginármelo (como juguete) por entre las piernas de nadie. No deja de ser un eufemismo empresarial para endulzar el término consolador, más desolador, triste y en cierto modo cruel con su usuario.
Caían los minutos y no encontraba ningún sexshop abierto. Apenas recordaba por allí alguno y los que recordaba estaban lejos de donde me encontraba. Pensé que lo mejor era recorrer las calles aledañas. En las bifurcaciones me detenía, miraba a ambos lados y buscaba instintivamente luces de color rojo. No sé por qué, pero suponía que todos los sexshops tenían el color rojo como color principal en sus fachadas o en sus luminosos. Pensé en preguntar a algún transeúnte, alguien que conociera el barrio. No me decidí a hacerlo, me costaba detener a alguien en plena calle. Pensarlo me produjo un sentimiento cómico que duró poco, no más de un par de manzanas. Llegado a un punto parecido a la resignación, opté por preguntar a un barrendero. Un barrendero debería conocer sin mucho esfuerzo las calles que barre, pensé; de vez en cuando levantan la cabeza, y son muchas horas… Me decidí a preguntarle.

─ ¿Sabe si… por aquí hay algún sexshop? ─ pregunté con educación ─

─ No entiendo ─ respondió aturdido ─

Era un barrendero negro que no sabía a qué me refería. Supongo que el ayuntamiento no tiene culpa alguna. De todas formas, si le hubiera preguntado por la Asociación de Perturbados Sexuales la respuesta en forma de gesto habría sido parecida: su cara de asombro mezclada con una pizca de miedo.

barrendero
El reloj me iba agotando la esperanza. Como si fuera de arena, con cada una de las piedrecitas que caían se diluía mi ilusión de follar acompañado del consolador.
Por fin, la suerte me sonrió. Lo que parecía una librería resultó ser un Centro Libre. Entre libros de Tantra estaba mi deseo en forma de pene plastificado. El local era de un minimalismo roto por unas cuatro estanterías correctamente iluminadas. Al fondo había un bar. No lo pude ver, pero lo supuse por la música. Había bastante gente, casi todo mujeres. El dependiente lanzada frases del tipo: “Se puede tocar”. Aún siendo un Centro Libre, sus moradores ocasiones sentíamos el pudor clásico de verse con una polla en la mano. Mirábamos las estanterías acristaladas con cautela: dejábamos los pies a una distancia prudente e inclinábamos la cabeza para ver algún detalle interesante. Señalé con el dedo uno, y la maquinaria explicativa del dependiente, que estaba cerca, se puso en marcha. Una vez hubo parado, me decidí por uno, uno cualquiera. “Espera que mire si tenemos ese color, ahora vengo”, me dijo. El elegido era de color negro, se podía usar bajo el agua y era de fácil manejo. “Está diseñado para mujeres”, me dijo sonriendo. Para más información, las pilas se pusieran cómo se pusieran no impedían su funcionamiento. El dependiente regresó con una negativa al color negro. A lo que respondí rápidamente con un verde-turquesa. Ese color no tuvo freno, y fue a parar a una bolsa de papel. Las mujeres hacía rato que se habían ido. Estaba solo. La bolsa, yo y el consolador abandonamos el local cada uno a su manera: La bolsa ruidosa; el consolador tranquilo, después de la prueba, que fue nerviosa; y yo con la misma sensación de alivio del que es atendido el último en un mercado en sábado tarde. Nada más salir, envié un mensaje a la futura usuaria del pene de goma. Todo estaba en orden.

Entramos en casa. Dejé la bolsa sobre una silla. A demanda fui a buscarla. Era su regalo y lo usó como quiso. Yo solo fui a buscarlo, quité el blister que lo envolvía y lo puse a los pies de su antojo. Apenas lo usó, pero no me sentí mal. En el fondo me alegré. Ahora sigue en su caja, cerca de los abrigos y de una bolsa de playa.

No era ella, pero se parecía cada vez más. Sus gestos fingían haber surgido de mis recuerdos más precisos. Sus ojos de gata perezosa, ceñidos a su mirada de animal querido, parecían intentar despertar, como si estuvieran a punto de arrepentirse de repeler el ataque que mis ojos acababan de simular. Hay caras que la oscuridad magnifica hasta un grado más delirante que sensato; se sienten tan cómodas, al saber que no pueden ser percibidas en preciso detalle, que llegan a mentir sin pudor; así era su mirada, allí la vi, oculta en aquella fiesta a la cual ella ni quiso ni pudo ir. Después de tomarme todo el tiempo que pude, me decidí. Tras ofrecer mis manos sinceras en paralelo, improvisando el inicio de un baile, supe que sus manos también estaban frías, al igual que sus pies, que también seguían un ritmo preciso, familiar y en cierto modo rítmico. Sus pechos, que también eran muy parecidos, bien hubieran podido ser propiedad de mis manos de no ser porque ella no era ella y mis manos con cinco ojos estaban en otra parte, perdidas en algún lugar que no era su cintura.
Bailamos.
Pasado no más de un minuto ─ sí, segundos ─, ella se excusó y se marchó de mi presencia, y, al hacerlo, el universo volvió a expandirse del aprieto que había tenido que soportar encogido entre ambos. Mientras se alejaba, de ella se iba desprendiendo la otra mitad de estrellas que yo había bajado hasta allí por y para ella: un poco de sus ojos, otro poco de las líneas férreas de sus caderas y el resto de estrellas se fueron postrando sobre el suelo de la discoteca hasta formar de nuevo un todo espectral completo que ya miraba desde muy lejos, desde muy arriba a sus pechos.
Lástima, ya que, si ella no hubiera hablado ni hubiera asentido a mis palabras y me hubiera mirado a los ojos durante más tiempo y no hubiera pensado en nada, quizás habría podido ver la felicidad tan cerca como la pude ver yo mientras bailaba: tan oscura y perturbadora como un beso dado por sorpresa en la oscuridad, en el sitio oscuro y aislado que sólo sabe recrear la sinceridad. Pero no fue ni pudo ser así, ya se había ido y con ella su mirada mentirosa.
Después de todo, allí me encontraba, en el principio y el fin de fogonazos blancos de luz, entre copas de ron y coca-cola, entre el humo y el perfume que desprende el hecho de perseguir y ser perseguido.
En aquella jaula musical de miserias, allí donde los hombres imploraban ser vistos y cantaban, ellas, ella, únicamente escuchaban los disparos y alguna que otra miseria sentimental y se hacían las sordas para cuando este o aquel suplicaban, por vergüenza, pena o compasión. Lo sé porque los ojos de una mujer nunca mienten, aunque estén en penumbra, aunque sepan que alguien les mira desde el otro lado de la barra. Tienen el poder de no guardar nada para mañana, muestran por el día sin pudor alguno los sueños de sus noches más llorosas. Y castigan a quien osa fingirlos sin más arma que un par de solitarios ojos.
Existen las miradas justicieras de amor, pensé, las que llevan falda en sus intenciones y están repletas de cruel y falsa nocturna sinceridad. Y aquella fue una de ellas, sin duda.
Cuando supe que lo que había vivido no había sido más que una ensoñación con el matiz ajeno y a la vez real de sus manos, dirigí mi mirada hacia otro lugar todavía desconocido y oscuro. Bebí, y tras un nuevo trago largo de bebida y hielo, me sobrepuse tan despacio como pude. Esta vez iba a pretender que el resultado fuera diferente, iba a intentar que mis ojos y no los suyos fueran los que provocaran el recuerdo preciso, y tras el, esperaría, tan despacio como pudiera, el demoledor resultado de la unión de dos miradas sinceras, la mía y la de ella y sólo ella.

Tras una tarde de té y calma, Verónica salió de casa sin apenas decir nada. Su vuelta se demoró más de la cuenta; lo que iba a ser un paseo por la Gran vía de apenas una hora se había convertido en un larga ausencia de más de tres horas.

─ Hombre, ya estás aquí.

─ Sí. Es que… he estado en el Teatro. Estaba de compras y se ha presentado delante de mí un chico para decirme que le sobraba una entrada.

─ ¿Cómo?

─ Lo que oyes.

─ Y no te lo has pensado mucho, por lo que veo.

─ ¿Qué había que pensarse?

─ No sé, parece un poco raro.

─ El caso es que he visto Enamorados Anónimos, en el Teatro Rialto.

─ Si a ti no te gusta la copla, y apenas los musicales.

─ Pues me ha encantado.

─ ¿Y de qué habéis hablado?

─ De nada, él no decía mucho. Sonreía y cantaba las canciones en voz baja.

─ Ah.

─ Me voy a duchar y a ponerme el pijama.

─ ¿No salimos hoy? Es sábado.

─ No me apetece, prefiero irme a la cama y leer algo.

─ ¿Te pasa algo?

─ A mí nada. ¿Has visto el partido? ¿Cómo ha quedado?

─ ¿Te ha dado su teléfono?

─ El teléfono no se lo he podido dar; estaba en casa, apagado. Mi número tampoco.

─ Qué gracia tienes.

─ Mañana, excúsame en el entierro de tu abuelo. Me voy a duchar.

 

Entrada Teatro Rialto "Enamorados Anónimos" Octubre 2008

Entrada Teatro Rialto

 

Mientras Merche se estaba preparando para salir de casa, yo ya había llegado al cine. No me había anticipado ni equivocado de sesión, ella tampoco. A eso de las siete de la tarde, pedí un café cortado en un bar cercano para hacer tiempo antes de que llegara Susana; mientras tanto, Merche bajaba las escaleras de su casa. Distantes, ambos veríamos la película a una hora diferente, igualmente en compañía. Tan semejantes, como todos los espectadores que en un momento dado miran hacia la misma pantalla, con el gusto o elección como único factor común entre nosotros. Íbamos a ser sin saberlo acompañantes de un mundo que ríe en la oscuridad del cine o calla o mastica, a la vez que ajenos. Lo sé porque más tarde me enteré que Merche vio la misma película en el mismo sitio pero a distinta hora.

Después de salir del cine, filosofábamos sobre la mesa de un bar. Comíamos inquietudes que el otro se había dejado sin tragar desde la última vez que nos vimos o simplemente bebíamos alguna que otra banalidad. Quizá hubiéramos preferido no tener apenas conversación y habernos ido deprisa a desnudarnos a cualquier parte; pero no lo hicimos. Susana y yo nos dejamos llevar por los comentarios sobre la película, callábamos o masticábamos (yo más que ella). No hubo proposiciones decentes ni indecentes, nada de eso. Me conformé con poder simular que lo nuestro era parte de un guión repleto de miradas dirigidas, ojos verdes familiares o que éramos amantes en un momento de descanso. A veces, sentir que existe la posibilidad de hacer algo es suficiente para convertir el simple paso del tiempo en algo gratificante o esperanzador. Como al ver una película, lo importante es sentirse parte del dialogo, aunque luego las frases se olviden o simplemente no se digan. Dentro de aquella película, que yo mismo iba escribiendo a medida que iba hablando con Susana, hubo muchas palabras sin pronunciar, quizá las que a todos los espectadores de una buena película les hubiera gustado escuchar: palabras que tuvieran el peso de la pasión o de la verdad o de la amistad. En fin, simular es un tesoro que nunca encontraremos pero que siempre nos gustará buscar o mirar. Nos hace sentirnos útiles dentro de la nulidad, partícipes de la película, creadores de una versión diferente de nosotros mismos; iluminados por los colores que brotan de una pantalla de cine. Y llegamos a creer que son los actores y no nosotros los que dicen o callan o mastican. Y después, cuando ya hemos terminado de ver la película, llegamos a dudar incluso de si fue Merche o Susana la que dijo, calló o masticó junto a nosotros aquel día. O peor aún, llegamos a creer que estuvimos solos, en Barcelona, con una bolsa de palomitas.

 

Andaba de camino a casa, cuando sentí la necesidad de comunicarme con ella. Envié un mensaje de esos que llegan de improvisto a su destinatario, uno más de los millones que quedan sin contestar a diario. No eran más que una decena y media de palabras que no tenían nada que decir, apenas un par de frases que se quedaron sin leer quizá porque el destino, o el destinatario, no tenía dado de alta todavía ningún número de mi agenda. No había tristeza, no llovía y no parecía que fuera a hacerlo, y todavía no era demasiado tarde para irme a dormir. Así que esperé. Mientras tanto, pensé que el mensaje bien hubiera podido significar para ella un susurro con ademanes de grito si lo hubiera leído con los ojos claros con los que siempre sabe mirar.

Existen ojos por ahí que resuelven los enigmas, contestan preguntas sin saberlo e incluso escuchan susurros ocultos tras las palabras como los de mi mensaje. Ojos que ríen con la boca cerrada, o lloran con los párpados cerrados; un sin fin de matices que se llegan a sentir incluso al otro lado de una pantalla de no más de dos pulgadas. Son una parte del cuerpo que no tiene piel, no sabe a nada y apenas se protege del exterior con rápidos latigazos de sus párpados esclavos. Cuando lloran, eso sí, desprenden agua agria o estancada que hace que se liberen. Detrás de cualquier desazón siempre acabo por ver de manera difusa a aquellos ojos que me hicieron amar, como si estuvieran debajo del agua, o como si estuvieran tan cerca que mis ojos no pudieran enfocarlos: el mismo ojo que se ve mientras se besa en la boca con los ojos abiertos; deforme y abstracto.

De entre mis conclusiones, aventuradas y desprovistas siempre de realidad, surgió una llamada perdida del destinatario de mi mensaje; como un trueno inconcluso: un timbrazo y cesó cortado a cuchillo por el silencio. Ahora el sorprendido era yo, su llamada sesgada iba a romper sin remedio mi absurdo silencio para con las palabras dichas, que no escritas, y no iba a tener más remedio que despedazar mi timidez y contestar y oír después su voz y la mía.
Me confirmó mi temor inicial: mi mensaje era inoportuno. Se había quedado sin gasolina y en ese momento se encontraba de camino al coche con una botella de litro y medio llena de gasolina. De lo abstracto de la situación, difusa como sus ojos en ese momento, nacieron risas que iban y venían por la red de telefonía. Sentí una extraña fuerza que se encargaba de resolver con palabras lo inoportuno o absurdo del momento. En el fondo, robé unos pedazos de su abstracta intimidad, difusa e increíble como el recuerdo que tengo de sus ojos, tan natural como unos ojos despistados que miran a ambos lados de la carretera y no miran al indicador de gasolina…

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