No sé a quién, de mis multiples ausencias, quiero echar más de menos hoy. No son demasiadas pero son tan lejanas e inalcanzables como el helado de vainilla de un niño sin dinero y sin padre en los bolsillos. Son noches melódicamente silenciosas, noches de canciones con vaivenes en su volumen, parecidas a un disco compacto con defectos que salta de canción en canción, de párrafo a estribillo; noches sin cena, y con labios de mujer del color de la gelatina, brillantes y de trago tan largo y apetitoso que al mirarlos de reojo apetece comérselos; pero que, cuando tendrían que sufrir el acero de la realidad, en forma de cubierto, de grito, en forma de cena de amantes en celo, se quedan sin el sabor y la sal que brindaría en ese caso la realidad. Noche de niños huérfanos, de frío húmedo primaveral, de vientos parapetados frente al cristal; todos ellos bondadosos, ellos sí, con mi medio natural. Noches sin chocolate, ni padre al cual sentir respirar como hace veinte años, como cuando vivía. Después vendrá el descanso solitario de teta caída, de sexo seco y vinagre en la mesilla; pero eso será después.

Cine de madrugada que no llega nunca a mostrar los subtítulos, y que por dejadez queda mudo. Series de televisión sin volumen, sin palabras, sin reflejos ni dulces, y sin nadie que aproveche los anuncios para hacer la cena. Noches sin palo en su piruleta, sin niño ni embarazada. Sombras en el suelo que hacen parecer del parquet un parte clara del calabozo, aun no habiendo luz ni ventanas en esta noche cerrada.

Llega un ligero crujido de una de las plantas con maceta y humo de un cigarro. Recuerdo que mañana si habrá alguien al otro lado de la cena, con cara de postre y ganas de leerme. Supongo eso, por suponer, con la esperanza del que sabe, al mirar de noche, que podrá ver. Si es cierto o no, eso no lo sé. Pero acabo, ahora mismo, de vivir el placer de pensarlo, fugaz como la noche del extenuado, intenso como el permiso del soldado. Noche sin piruleta en su mástil, qué hermosa pareces, cuando es ella y no otra quien me come y me lee.

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Noches sin palo en su piruleta

 

 

 

Pensé, después de cerrar una ventana emergente, en la cantidad de planes que ella tenía en mente. Repasé sus palabras sobre esas clases de Pilates que me contó que imparte de lunes a jueves y esos estudios a distancia de fin de semana, más sus exámenes de Junio que todavía no ha empezado a preparar. Parece no querer dejar ni un solo minuto de su vida libre. Que difícil entrar en ese tipo de vidas, concluí. Imaginé que ahora no olvidaría sus cremas de mañana, sus colas light de tarde y que también procuraría que los que habían sido sus amantes de noche siguieran recordando su número de móvil, por si decidía olvidar definitivamente sus besos y sus promesas, en forma de arrugado novio.

Yo fui uno de sus amantes y creo que, por lo hablado, olvidó sus promesas en segunda persona. Lo sé porque acabo de hablar con ella después de un año de habernos visto y otro más de haber tenido sexo y parece la misma de entonces. Creía que los recuerdos son únicamente imágenes, sentimientos vestidos de gestos; en cambio, al terminar de chatear, sentí que también pueden ser textos o apenas unas palabras escritas sobre el campo verde y diáfano del Messenger. A fin de cuentas los recuerdos son eso, recuerdos; valorados por distintos raseros, dependiendo de dónde y cómo nos encontremos. Yo para ella soy su ‘padre’, ella para mí una ‘hija’ putativa de ojos verdes

Llámame puta, me dijo el día que fornicamos juntos. Cosas así no se olvidan. El juego sexual, creo recordar, de aquellos días en Roquetas de Mar consistía en descolocar a, esa sí, la puta realidad. Delirios de verdades y un buscar continuo que consiguiera dar esquinazo a la esperanza, ese era el objetivo buscado sobre la bajera de las sábanas.
Ahora, que cerré la ventana emergente, que vivo de nuevo la realidad, pienso en cuanto daño hace esperanzarse. Yo dejé de hacerlo, porque lo mejor es vivir cada amanecer como el último, sin esperas. Aprendí que de esperanzas no se vive, ni se come, aun siendo verdes. No vale la pena esperar nada. Elegir sería y es el mejor verbo. Elegir sobre la mesa, sentados, con comida o deshechos, hambre y deseo.

El poder que aglutina querer elegir, sobrepasa sobremanera el nimio y absurdo camino de la esperanza

En todo este tiempo no llegué a olvidarla nunca, y también en alguna ocasión eché de menos sus manos bajo la ducha. Por casualidad, unos días antes de saber de ella, perdí su número al irse al suelo mi móvil. De todas formas cuando el móvil aterrizó en el suelo, con la pantalla horizontal a él, no perdí nada, porque ya nada había entre nosotros. Si es cierto, que quedó merodeando en mí un exquisito recuerdo: sexo y pasión sin flores ni florero. Ella fue el seísmo que todo hombre quiere sufrir una vez en su vida, el sueño del que nunca logra disfrutar de las drogas y al conocerla sufre un gran colocón. Adictiva de ideas y de piernas, con una mirada perdida que cuando llora se centra y acosa, acosa al verse atrapada panza arriba como una gata, hasta el punto de llegar a quererlas a ambas: a la gata que mira y espera que se la metas y a su alma: tan bella por inquieta, tan delicada por sumisa, tan rebelde por buscada.

Llámame puta pero ‘tómate un vino conmigo esta noche’ y luego…ya veremos. Escrito así sin más, entre comillas sobre la primera línea, suena sincero, y hasta con un cierto aire enológico; entre líneas algo gracioso; si hubiera sido por soledad, comprensible; por ego, lamentable. Si fuera para bailar, no te diría que no. De todas maneras me cansé de bailar contigo, me robas mi energía, no me miras a los ojos cuando te beso y cuando te equivocas y los miras parece que quisieras buscar tu imagen en ellos.

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Egoísta quedadas forzadas por internet o por un móvil que agoniza. Quisiera tener hoy palabras para explicarme.

Nunca te besaré, con los labios, si no me miras. Me da la sensación de que pareces querer que me comporte como un cabrón y que, después de soportar a ratos tu cara durante unas horas sobre la pista de baile, quieres ir a mi casa para ‘amarte’. Otra vez entrecomillo por no herir. Follarte sería el verbo, y al considerarlo, follaría, en condicional.

¿Qué hacer cuando una desconocida, conocida hace un año, te propone salir? ¿Por qué queremos que nos adulen sin nada a cambio? No soy un bailarín de alquiler gratuito, todavía tengo precio, suela en los zapatos y algo de dignidad emocional. No escribí nunca un cartel de ‘se vende’ y, además, discernir los riegos, el desgaste de colocarme entre dos pitones cuarentones, es un ejercicio obligado para el que no quiere salir herido. ¿Por qué lo llamas bailar cuando quieres decir varar? ya que no tendremos ni vela ni aire. No me gusta estar donde apenas se ve. Sácame del baúl de tus fracasos, por favor.

‘Parece que no asumen su decadencia’─me dijo ayer un buen amigo─. No creo que sea cuestión de edad, más bien de una mentalidad que, ya no es que no asuma el pasar de sus días, es que para colmo parece desconocer que para los demás sí pasan: los adolescentes se convierten en respetables señoritas, de ayer a hoy. Me parece perfecto tu decisión de no enrocar a la reina, pero eso sí, no mires para otro lado cuando los peones avancen y amenacen el reinado de alguien que quién sabe si algún día tuvo corona.

Amo a una belleza sincera, que no pregunta, ni espera, y únicamente refleja ese cruel sentimiento que es el amor. A la otra no. Aunque el tiempo deje de ser rentable y las carnes endurecidas haya que cocerlas para poder comerlas, nada cambia, nada altera la esencia de besar y ser besado. No quiero que me ames, quiero que ames. En fin, amo esa sonrisa sincera que nace hermosa por suave y que acaba dormida, sola y con los labios entreabiertos. El resto no se parece en nada ni a nada de lo que yo aprecio.

 

Bruselas, 19:30h.

Quizá no te veas pero estás

Por momentos eché de menos un paraguas. Había estado el día soleado y repleto de luces y reflejos. Mi objetivo, de lentes y miradas, navegaba por las calles e intentaba captar el tiempo antes de que se marchara para siempre. Creí necesitar un paraguas unos minutos antes de que empezara a llover, por rabioso instinto. Unas pocas gotas de tristeza y después paró. Sobre la acera contraria capté el momento de dos paseantes enamorados bajo la lluvia y el objetivo de la cámara sufrió de sombras y falta de pulso; sensaciones de cariño húmedo, ausencias rotas bajo una ligera llovizna. Qué generosa hubieras sido, pensé y recordé; qué hermosa ya me habías parecido antes, afirmé, cuando vi como te refugiabas del agua de lluvia, si hubieras estado allí; bajo una sonrisa hubieras compartido el paraguas inclinándolo ligeramente, claro. Parecía que estabas allí, sin estarlo. Parecía que como no podías estar detuviste a cambio la lluvia. Un pacto de conveniencia entre tú y la naturaleza ─parecía reconocer, al ver un pedazo de papel mojado─. Un intercambio de ilusiones: tu presencia en forma de aire para interrumpir unas gotas de agua interminables que quemaban mi ser al sentir que me podrían mojar.

Vacï uno de los huecos, un asiento

Después, verde hierba y un banco vacío de ausencias, sin marcas en su madera. Y una inmensidad verde de suaves pelos se postraba bajo mis pies. Lástima de sol, lástima de merienda improvisada junto al sonido de dos copas labiadas. Qué ruido más grande provocan en mí los bancos vacíos de ausencias; creo reconocer ecos y risas entre el silencio del parque. Lejanía de verdes esperanzas que una vez que han cruzado la frontera se tornan insoportables. Besos de maleta, sacos de paseos no dados, fetiches tirados cerca de un destino por momentos descuidado. Olor a sexo mojado.

Parque de criaturas y amantes. Estábamos observados por pies verdes y nuestras propias miradas. Gigantes sensaciones que no eran más que árboles. Hojas secas y unas pizcas de instantes carentes de rumores que aprovechábamos para mentirnos una vez más y besarnos antes de que la criatura despertara de su letargo silencioso. Creía que podría despistarla, te cogí de la mano y cruzamos un río con hebras de agua, después más silencio y miradas a ambos lados. No, no parecía estar, pero estaba. Al terminar un beso apasionante, un beso de los que detienen el tiempo y resuelven el problema dejando una estampa, tumbados bajo el húmedo césped, osé a abrir los ojos sin querer y allí estaba a punto de pisar el instante. Quería sepultarnos bajo nuestro propio parque privado, bajo el parque del amor; sin dejar huellas quedaríamos enterrados junto a sus raíces. Es el fin, pensé. Nadie nos volverá a ver y tampoco nos veremos crecer.

Ha pasado un año desde aquello y todavía estamos tapados, cerca siempre del recuerdo. Pero seguimos creciendo sin que esa criatura de los infiernos sepa que estamos haciendo. Crecemos junto a sus raíces, todavía juntos, sin poder vernos, de la mano bajo tierra fértil: hacia dentro, hacia nuestros adentros.

Desde el taxi hasta la entrada del hotel apenas había unos metros, la distancia y el tiempo en recorrerlos no superaban apenas un puñado de pares de metros y de segundos. Pagó, bajó a la acera y dejó atrás el retrovisor interior descolocado y a su dueño arreglando el ángulo correcto. Vestido negro ceñido, medias de lycra brillantes y un bolso a modo de maleta de color plata pintada. Liviano maquillaje, de mañana y de fácil limpieza, y labios jugosos ligeramente retocados, dejaban entre ver que hacía poco más de media hora que había No es ella, pero se pareceaterrizado, eso y su vestido algo arrugado y elevado.
A cada paso, que hasta desde las calles adyacentes hubieran querido fotografiar, por irrepetibles, el suelo se endurecía si cabe un poco más, y bajo él los cables de fibra óptica estaban a punto de sufrir una sobre tensión sexual, por exceso de cálculo angular. Mirar, miraba hasta el tendero de la esquina, que vende fruta por las mañanas cerca de la calle Alberto Aguilera; el mismo que por las tardes, antes de que vengan sus clientes, se dedica a observar como pasa la vida por allí sin comprar nada, manzana en mano. Acompasados pechos ataviaban el campaneo de sus tacones. Hasta el ciego de la Once, que padece siempre de una mirada fija, esa mañana al verla pasar movía el cuello acompasándolo con el avance de las piernas, al unísono, de una manera asombrosamente exacta. Un reducido bolso ─ya que todo depende de lo que se quiera guardar en él─, sumido en su mínima expresión, albergaba un móvil de última generación. Mirada al frente, original de los felinos en busca de su guarida de cinco estrellas de ocho puntas cada una.

No dejaba ninguna duda detrás suya, solo alguna que otra baba. Más que tener un halo de belleza, vivía con ella a cuestas; cargada, que no de peso, y sumida entre una vida de cartel de carretera y la fragancia Chanel de un frasco dejado caer. Sin excesos, con ternura, sin nada que sobrepasara la frágil línea del mal gusto. Solo los equilibristas de los mejores circos del mundo consiguen sostenerse al estar constantemente al borde de la atracción fatal y cerca de la peor y más dulce caída. Ella, sin saberlo, con una fuerza más genética que exógena dominaba la felicidad y el destino de todos los hombres que hubieran podido ser fotografiados mirando como el taxi marchaba. Ellos, sin saberlo, desconocían si aquel ser podría causar algún daño. No hay nada mejor qué el que sólo ve lo que quiere y usa su ignorancia en su beneficio. Me confieso ignorante y termino con un punto y aparte.

El momento clave

 

Bella diosa, de capa blanca y pantalones vaqueros pitillo, deseo poder llegar a verte traspasar el umbral que nos separa. Por un momento, llegue a sentir que se apagaban las luces y eché de menos tus sombras sin haberte visto. Me quedé sin poder llegar a ver como te cambiabas de ropa y, allí clavado, eché de menos tus besos que todavía no puedo recordar, eché de menos tu mano sin haberla cogido, tu perfume sin olor, tu anillo.
Si la vida fuera fruta fresca, ya te hubiera exprimido, pero la vida no es más que una confusión de ideas y en medio un puñado de huesos, diálogo y, para los afortunados, algo de cariño.
Vida repleta de palabras ahogadas entre dos océanos que no tienen nada que decirse. Estacas sobre huesos quebrados y para colmo apenas diviso un poco de brillo en el cristal, y se hace de noche sin que suceda nada que pueda detener el ocaso de mi sino. Señora que es dueña de la existencia y que tiene el poder de dejarte desnudo dos veces. La primera sin avisar, directo al acantilado del frío. La segunda avisando, pero sin tiempo de saber dónde está el calor del camino. Recuerdos que intentan construir un presente, remedios caseros contra el silencio, balcones sin piso que te hacen precipitarte al vacío. Bella diosa, de capa blanca y pantalones pitillo, deseo poder llegar a ver como nos besamos sin desvanecernos entre el vaho que derraman tus labios, por culpa del frío.
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ONCE: Falling Slowly

Las sorpresas siempre son bien recibidas. Da igual de que naturaleza vengan. Las buenas porque buenas son, y las malas porque nos zarandean y nos hacen versar el denostado y ridículo: ‘no hay mal que por bien no venga’. La sorpresa esperó que pasara el sábado, tranquila y segura de que iba a aparecer cuando yo menos la esperaba. Ellas eligen el día y la hora de aparecer, nosotros únicamente el sitio donde las vamos a recibir. Sonó el teléfono dominguero dos horas antes de la hora de comer. La sociedad y el compromiso me citaban en un tanatorio. Yo iba para ver a una amiga, nada más.
Los muertos nunca me han provocado miedo, ni siquiera respeto, algo de paz e indiferencia, quizás. Están tan lejos de mi negro universo que no creo en ellos, de momento. En la muerte sí creo, como la mayor y más justa de las justicias. Algo así como el descanso del guerrero.

Una vez me vi entre velatorios, y el atestado bar post morten, caí en la cuenta del tipo de personas que suelen encontrarse a la luz de los cirios. Personas que únicamente se ven cuando alguien muere. De la misma manera que, cuando un niño nace, otro en la otra punta del mundo muere o retoza, a saber. Amigos de bodas y muerte; gentes, que por lejanas, se amarran al último hilo que en un momento de sus vidas los unió, al último y al primero, al enlace de amor y al desenlace absoluto que es la muerte. En el fondo esas gentes están olvidadas entre si, dejadas de sentimientos mutuos, sin nada más en común que reconocer que hace buen tiempo al darse los ‘buenos días’.

Ahí parece haber llegado ella, al punto de situarse conforme a las normas sociales más estrictas. El destino volvía días más tarde a darme más y más leña, por si no tenía bastante, por si me quería olvidar del todo, por si pensé en algún momento que no volvería a verla jamás. Allí estaba, pero no estaba. Allí me saludo, pero sin mirarme. Allí anduvo cerca de mí alrededor de una hora, pero tan lejos como la muerte o la boda que nunca se celebró.

Cuando te acercas a los treinta, si no es antes, existe en nuestro interior una esperanza de paternidad. Una ilusión, un pensar que nuestra alma algún día se tendrá que dividir formando una nueva vida, en parte nuestra, de los dos, antes de morir.
Siempre quise tener un hijo con ella, y ella nunca quiso o no pudo tenerlo. Una pequeña ‘cosa’ de ambos, y nuestra. Pero es una guerra perdida, una más de una batalla sin tregua. Nunca llegamos a tenerlo, ella me abandonó hace tiempo. Sí, lo afirmo, no lo niego. Ninguna omisión piadosa más, ni un solo engaño más, Pedro.

Pedro, serán pocos lo que leen tus penas, pero lo peor es engañarse a uno mismo con sentimientos que eran y ya no son, con besos que fueron y ahora no son más que un vacío podrido caído en pozo hambriento.
Sé que toda ella ha retroalimentado mis palabras hasta hoy, que aún no amándola es lo único que pesa en mi báscula de sentimientos y por lo único que daría la vida siendo consciente de no merecerlo. Qué más da si es justo o no, desnudo o está vestido de inquietas ficciones. La única verdad llevaba a la práctica más aplastante, al pragmatismo enfermizo del que delira de amor, es que odio a mi vida hueca; porque cuando parece que camino sobre terreno duro llega cualquier despeinada e inoportuna noticia y acabo cayéndome de morros hacía un charco donde ella se refleja.
Por si alguien se pregunta el porqué de mi oquedad, el significado de sufrir absurdamente por no tenerla, le diré que hoy por la tarde he sabido que parte del niño que desee tener con ella va a nacer pero solo a medias.

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‘Ya anochece’, dijiste sin apenas mover los labios. Yo empezaba a tener dificultades para ver la carretera. Luces de cruce y gesto a la derecha, a un punto incandescente que alumbraba tus ojos y por allí el humo flotando entre dos cabezas. Una ventana semiabierta, una mezcla de música ligera y aire fresco, en una noche olvidada de primavera, de un viaje que fue o de otro cualquiera. Que dulce era aquel silencio melódico cuando no hablabas pero mirabas, que sensación tan placentera es imaginar el coche como joyero, esperar unos minutos y ver ya listas arriba las estrellas.
Sin saberlo, sin tener más obligación que la de mirar los carteles de la carretera, que bien mirabas sin ver nada, en la penumbra y tan bella. A cada rato, cuando se te antojaba, te movías y quebrabas la armonía: tus manos rebuscaban, gracias a una pequeña luz, cintas de casete en la guantera. Trasteabas en una improvisada sala de tu propiedad, llena de plásticos con dos agujeros, cintas de casete mareadas de tanto hacer girar música, vuelta a vuelta. Era tu cuarto de soltera y el coche nuestra casa con ruedas. Medio grande o medio pequeño era y es el coche, dependiendo de si era de día o de noche.
Navegábamos juntos por las curvas, tumbándonos sobre las letras, girando por las canciones que tenían el don de trazar ilusiones. Eran letras sin sentido, en un inglés inventado, con ripios y versos, con la musicalidad perfecta para acompañarnos en nuestro viaje hacia aquel pueblo sin nombre en mi cabeza, pero con recuerdo, con aviso de la distancia que nos separaba del final del camino, bajo las campanas aún calladas del pueblo.

Noches alquiladas con olor a sabanas de hotel recién lavadas, más tú y yo como únicos huéspedes de semejante cálida esencia. Mañanas donde desayunábamos miradas, y muecas. De tardes de paseos sin destino, de amor de zapatos domingueros, repisándonos uno al otro, con banco a la sombra a la derecha y pipas con sal entre dos lenguas. Miradas sobre el plano de la ciudad que fue o que era, ‘ahora creo que es a la izquierda’. De besos sonoros que te daban vergüenza. ‘Espera que rebobino’, algo así decías para escuchar la sexta. Noches de amor insomnes, de viaje, parada, y cigarrillo en una gasolinera.

Bien podría haber contado otro viaje, otras fotografías a cada cual más bella: Granada y sus muros moros repletos de leyenda. No lo hago porque quedaría herido de tristeza, porque bastante he sangrado al volver a recordar su sonrisa cansina mientras buscaba mi mano, fingiendo necesitar una ayuda para subir la cuesta.

A la orilla del río Darro…Así hubiera comenzado. Pero ahora no puedo recordar y no quiero ver ese puente de madera, y a lo lejos, arriba,  la Alhambra; con sus piedras tan tristes y tan viejas, y sus muros con ecos de amor, que cuando como ahora oscurecen, ascienden por entre mis tejas.

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La vida a veces parece una sala de consultas médicas. Una abarrotada espera de problemas sentados al otro lado de la puerta y nosotros, junto a una silla de piel y madera, sentados allí con la obligación de pasar una improvisada e incómoda consulta. Nos sentimos en la obligación de tomar parte en cada uno de los diagnósticos, unas veces con conocimiento de causa otras con apresuradas prescripciones seudo médicas. Apresuradas emociones, intentos de no perjudicar al enfermo, prejuicios en la papelera del lamento, todos ellos y ellas detenidos en la duda, entre la responsabilidad y la aduana del sentimiento.

Amar es difícil, dejar de hacerlo enferma. Amores volátiles, sentimientos apagados que cuando llega el momento de la verdad, el momento de echar pasiones a la cara, se quedan a las puertas, sin número ni prima médica.
La cobardía tiene una única excepción, una exclusiva ocasión en la que no es condenable: mostrar a la mujer que ya no amas que sí la amas y que el hijo que espera es tuyo pero no así su futuro, porque realmente amas a otra mujer, también, igual que ella, de cabello rubio. Es duro y cruel no amar a quien amaste pero más cruel es tener que renunciar por amor a sangre de tu sangre. Qué límites tan solitarios, qué poder tan absoluto tendrá esta droga de querer amar, que tantos suspiros y dolores soporta. Qué razón tiene el poeta al cantar sobre amores que matan, qué simple parece todo hasta que llega el día en el que todo nos falta, el día en el que el amor topa con la vida y éste no llega ni a despeinar uno solo de sus pelos; pelo sucio y colmado de una puta y pegadiza esperanza de querer seguir amando a costa de todo y en el fondo de nada.

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