atasco.jpg

 La depresión tiene hora punta. Por las mañanas parece dormida y perezosa: las ideas no fluyen y no sufren de semáforo en semáforo rojo. Por las tardes aparece con pasos cortos: ideas que maduran al sol, y cuando éste muere, caen al suelo de la amargura.
Así son últimamente mis días: comienzan de puntillas y acaban de rodillas, llorando conmigo cuando regresamos del trabajo. No te quejes, dirás; no me quejo, te digo. Siempre coincide con la hora de salida del trabajo: sufro el ocaso, veo el sol que muere por la ventana, bello y moribundo. Quizá sea por no tener a nadie que me espere de vuelta a casa. Intento engañar a mi jefe y le digo que me tengo que ir, que me esperan, que si llego tarde acabaré por echarme de menos. Si no me tengo para mi sólo me entristezco y siento que abandono a lo único que poseo.

Ella llama, día sí, día no, a casa sobre las ocho de la tarde. Es cuando esa llamada detiene la caída del sol y todo parece cambiar de luz, sin motivo aparente: por efecto de la ilusión de amarla, de jugar a ser amantes de la nada. Me abandono otra vez pero ahora con premeditación y nocturnidad otoñal. Sufro un momento de elevación emocional transitoria. El espejo espera para escupirme la verdad a mis preguntas el tiempo que tardo en dejar el peine en su sitio.

letrero-metro-de-madrid.jpg

¿Me haces un favor, me vienes a buscar al metro? - Me pregunta, a la vez que explica que prefiere no bajar sola por la cuesta oscura que va del metro a su casa -

Y te invito a una caña. -vuelve a decir antes de que yo conteste-

metro-de-madrid-cartel-chueca.jpg

Me detengo frente a un quiosco de prensa, ya cerrado, cara a la salida del metro. La noche esta tranquila, algo fresca. Manadas de cabezas cruzan los tornos del metro como animales enjaulados. Los hay que al salir miran al suelo, al bolso, y al móvil casi todos: nadie mira de frente, la noche tiene poco que ofrecer al mirar de lejos.
Esperar a alguien es querer al mundo durante unos minutos, es hacer una tregua, firmar la paz mientras dura un cigarro y llega la persona con la que guerreamos. Cuando ella llega, el mundo recupera su crueldad y nos muestra la misma película de guerra de siempre y los sueños se despiertan al golpe de un atronador: “Hola que tal”.

Descendemos por un camino terregoso. Hablamos lento y relajado. Una calma abrasadora consigue que el tráfico de ideas se detenga en mi cabeza. Poco después las ideas dan paso a los hechos y acabo asumiendo que: todo lo demás, todo el día de hoy, carece de sentido. A las diez de la noche llego a casa. Ya no hay atascos, las autopistas parecen liberadas y la radio anuncia que la hora punta ha concluido.

Hasta mañana querida.