Todavía resuena algún aplauso, algún sonido entre estas cuatro paredes. El olor es el mismo, tú te fuiste pero perdura perplejo. Las voces, esas ya no están, se fueron. Los colores perduran pero más viejos: ocres, amarillos, naranjas gastados y colores cerezo. Encerrado en cruel mazmorra me veo. Cada día al salir el sol huyo y al atardecer regreso. Las casas a veces se mueren con gente dentro; no emanan calor, sólo el frío recuerdo. Dejaron de tintinear los tenedores a los lejos. Hogar sin saludos, ni llaves que avisan de la llegada de un beso. Noches sin cena, sin hambre y sin dueño.

Putos objetos que un día se vendieron para terminar solos y sin uso, aburridos aquí dentro. Desgraciados libros que morirán en la memoria de los que se fueron. Canciones en paredes, cuadros sin letras, fotos en el sótano muertas de miedo. Despistadas plantas que no saben de nada y siguen creciendo. Televisión infame y aburrida que aún luce los mismos píxeles sin saberlo. Cacerolas frías sin guisos con grisáceo acero. Rosas de madera sin pétalos. Todos los objetos que algún día venderé en el mercadillo venidero: huida en venta sin comprador de momento.

Penitentes espejos que desconocen si hay más caras en el universo. Almohadas que se quedaron solas, huérfanas de cutis y delicado bello. Calcetín sin hermano en el cesto. Pimientos secos. Guerra en los armarios llenos de muertos, esperando que lleguen refuerzos. Botes que un día fueron usados a diario, hoy, con apenas un dedo para agotarse, siguen estando llenos. Todavía huele a hogar y lloro al saberlo. Lágrimas de invierno, que no caen por falta de calor sino por el frío que se agarra a las paredes de unos párpados ateridos y arrugados de recuerdos

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