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Sobre una niebla de invierno parecían querer nacer las ideas: flotantes, húmedas y nocturnas. No podía pensar en otra cosa. No, no bebo alcohol, pídeme una Cocacola. No disfrutaba de las risas ni de las copas con hielo y música. Toda ella me absorbía el alma y no lograba evadirme: sólo pensaba con fuerza en mis deseos y en los escasos resultados que me ofrecían mis conclusiones. Si la felicidad fuera un aroma, pensé, sería muy fácil poseerla: querer y oler a la par, bastaría para tenerla, respirando libertad en forma de oculta agua de lluvia. La niebla olía pero no podía cogerla. Noche de inquietantes verdades se avecinaba, noche de marchas atrás, de brazos sobre hombro ajeno.

Atrás quedaban viejas sensaciones, abrigos guardados en el armario aún sufriendo el frío del invierno. Todo parecía perdido y realmente lo estaba. Tan perdido que apenas me miraba: a veces sobran las palabras e incluso las miradas para saber que no hay nada por lo que luchar: apenas quedaba agua, solo la que flotaba en forma de volátil niebla nocturna.

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En cambio, todo confrontaba con lo vivido, días atrás, en la noche más vieja y sucia del año. Han transcurrido unos pocos días desde entonces pero la lejanía entre los dos es tal que parece que no nos conocemos. Ella no sé si tiene motivos para cambiar o para parecer otra persona, pero de lo que estoy seguro es que yo soy el mismo y a ella por momentos la retrato con escoba y gorro de bruja. Una bruja que todavía me aturde con sus pócimas y sus piernas largas. Creo que subestimé sus recelos de seguir adelante con nuestro juego de amistad con derecho a miradas sucias. Ella tiene en su poder múltiples perritos que le siguen el juego para maullar sus miedos y de paso saciar ese ego que a todos nos hace darle sentido a la vida. Ego que subsiste de comer carne cruda, carne sin ataduras. Lo vivido sobre la pistas de baile en fin de año: las miradas consentidas, el rozarse de los cuerpos, esos guiños en forma de deseos, no son más que canciones que acaban y al cabo de unos minutos no se recuerdan, no tiene letra y apenas pesan.

La felicidad puede llegar por distintos cauces o niveles. Uno de ellos sería el nivel de las intenciones: uno puede llegar a ser feliz a base de intentos, de sueños. Otro, el más humano y terrenal, es el nivel de la realidad social y única. El nivel duro y cruel de los hechos que cuando lo visitamos nos despierta del nivel de los sueños. Vivir sobre sueños es peligroso y a veces grotesco con uno mismo. ¿Qué sentido tiene soñar despierto si cuando parece que consigues algo se acaba esfumando y además para colmo deja un aroma de ciega verdad? La niebla es lo único que tengo. Contiene agua, sacia mi sed, cala y humedece nuestras almas, pero al estar delante de la realidad enturbia mis imágenes que son deseos, son su cara desfigurada sobre una fría madrugada. La realidad es sabia y sincera, los sueños son crueles y se visten de quimera, o de agua en forma de niebla.