La vida a veces parece una sala de consultas médicas. Una abarrotada espera de problemas sentados al otro lado de la puerta y nosotros, junto a una silla de piel y madera, sentados allí con la obligación de pasar una improvisada e incómoda consulta. Nos sentimos en la obligación de tomar parte en cada uno de los diagnósticos, unas veces con conocimiento de causa otras con apresuradas prescripciones seudo médicas. Apresuradas emociones, intentos de no perjudicar al enfermo, prejuicios en la papelera del lamento, todos ellos y ellas detenidos en la duda, entre la responsabilidad y la aduana del sentimiento.

Amar es difícil, dejar de hacerlo enferma. Amores volátiles, sentimientos apagados que cuando llega el momento de la verdad, el momento de echar pasiones a la cara, se quedan a las puertas, sin número ni prima médica.
La cobardía tiene una única excepción, una exclusiva ocasión en la que no es condenable: mostrar a la mujer que ya no amas que sí la amas y que el hijo que espera es tuyo pero no así su futuro, porque realmente amas a otra mujer, también, igual que ella, de cabello rubio. Es duro y cruel no amar a quien amaste pero más cruel es tener que renunciar por amor a sangre de tu sangre. Qué límites tan solitarios, qué poder tan absoluto tendrá esta droga de querer amar, que tantos suspiros y dolores soporta. Qué razón tiene el poeta al cantar sobre amores que matan, qué simple parece todo hasta que llega el día en el que todo nos falta, el día en el que el amor topa con la vida y éste no llega ni a despeinar uno solo de sus pelos; pelo sucio y colmado de una puta y pegadiza esperanza de querer seguir amando a costa de todo y en el fondo de nada.

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