Marzo 14, 2008
Cuando te acercas a los treinta, si no es antes, existe en nuestro interior una esperanza de paternidad. Una ilusión, un pensar que nuestra alma algún día se tendrá que dividir formando una nueva vida, en parte nuestra, de los dos, antes de morir.
Siempre quise tener un hijo con ella, y ella nunca quiso o no pudo tenerlo. Una pequeña ‘cosa’ de ambos, y nuestra. Pero es una guerra perdida, una más de una batalla sin tregua. Nunca llegamos a tenerlo, ella me abandonó hace tiempo. Sí, lo afirmo, no lo niego. Ninguna omisión piadosa más, ni un solo engaño más, Pedro.
Pedro, serán pocos lo que leen tus penas, pero lo peor es engañarse a uno mismo con sentimientos que eran y ya no son, con besos que fueron y ahora no son más que un vacío podrido caído en pozo hambriento.
Sé que toda ella ha retroalimentado mis palabras hasta hoy, que aún no amándola es lo único que pesa en mi báscula de sentimientos y por lo único que daría la vida siendo consciente de no merecerlo. Qué más da si es justo o no, desnudo o está vestido de inquietas ficciones. La única verdad llevaba a la práctica más aplastante, al pragmatismo enfermizo del que delira de amor, es que odio a mi vida hueca; porque cuando parece que camino sobre terreno duro llega cualquier despeinada e inoportuna noticia y acabo cayéndome de morros hacía un charco donde ella se refleja.
Por si alguien se pregunta el porqué de mi oquedad, el significado de sufrir absurdamente por no tenerla, le diré que hoy por la tarde he sabido que parte del niño que desee tener con ella va a nacer pero solo a medias.