Las sorpresas siempre son bien recibidas. Da igual de que naturaleza vengan. Las buenas porque buenas son, y las malas porque nos zarandean y nos hacen versar el denostado y ridículo: ‘no hay mal que por bien no venga’. La sorpresa esperó que pasara el sábado, tranquila y segura de que iba a aparecer cuando yo menos la esperaba. Ellas eligen el día y la hora de aparecer, nosotros únicamente el sitio donde las vamos a recibir. Sonó el teléfono dominguero dos horas antes de la hora de comer. La sociedad y el compromiso me citaban en un tanatorio. Yo iba para ver a una amiga, nada más.
Los muertos nunca me han provocado miedo, ni siquiera respeto, algo de paz e indiferencia, quizás. Están tan lejos de mi negro universo que no creo en ellos, de momento. En la muerte sí creo, como la mayor y más justa de las justicias. Algo así como el descanso del guerrero.

Una vez me vi entre velatorios, y el atestado bar post morten, caí en la cuenta del tipo de personas que suelen encontrarse a la luz de los cirios. Personas que únicamente se ven cuando alguien muere. De la misma manera que, cuando un niño nace, otro en la otra punta del mundo muere o retoza, a saber. Amigos de bodas y muerte; gentes, que por lejanas, se amarran al último hilo que en un momento de sus vidas los unió, al último y al primero, al enlace de amor y al desenlace absoluto que es la muerte. En el fondo esas gentes están olvidadas entre si, dejadas de sentimientos mutuos, sin nada más en común que reconocer que hace buen tiempo al darse los ‘buenos días’.

Ahí parece haber llegado ella, al punto de situarse conforme a las normas sociales más estrictas. El destino volvía días más tarde a darme más y más leña, por si no tenía bastante, por si me quería olvidar del todo, por si pensé en algún momento que no volvería a verla jamás. Allí estaba, pero no estaba. Allí me saludo, pero sin mirarme. Allí anduvo cerca de mí alrededor de una hora, pero tan lejos como la muerte o la boda que nunca se celebró.