Pensé, después de cerrar una ventana emergente, en la cantidad de planes que ella tenía en mente. Repasé sus palabras sobre esas clases de Pilates que me contó que imparte de lunes a jueves y esos estudios a distancia de fin de semana, más sus exámenes de Junio que todavía no ha empezado a preparar. Parece no querer dejar ni un solo minuto de su vida libre. Que difícil entrar en ese tipo de vidas, concluí. Imaginé que ahora no olvidaría sus cremas de mañana, sus colas light de tarde y que también procuraría que los que habían sido sus amantes de noche siguieran recordando su número de móvil, por si decidía olvidar definitivamente sus besos y sus promesas, en forma de arrugado novio.
Yo fui uno de sus amantes y creo que, por lo hablado, olvidó sus promesas en segunda persona. Lo sé porque acabo de hablar con ella después de un año de habernos visto y otro más de haber tenido sexo y parece la misma de entonces. Creía que los recuerdos son únicamente imágenes, sentimientos vestidos de gestos; en cambio, al terminar de chatear, sentí que también pueden ser textos o apenas unas palabras escritas sobre el campo verde y diáfano del Messenger. A fin de cuentas los recuerdos son eso, recuerdos; valorados por distintos raseros, dependiendo de dónde y cómo nos encontremos. Yo para ella soy su ‘padre’, ella para mí una ‘hija’ putativa de ojos verdes
Llámame puta, me dijo el día que fornicamos juntos. Cosas así no se olvidan. El juego sexual, creo recordar, de aquellos días en Roquetas de Mar consistía en descolocar a, esa sí, la puta realidad. Delirios de verdades y un buscar continuo que consiguiera dar esquinazo a la esperanza, ese era el objetivo buscado sobre la bajera de las sábanas.
Ahora, que cerré la ventana emergente, que vivo de nuevo la realidad, pienso en cuanto daño hace esperanzarse. Yo dejé de hacerlo, porque lo mejor es vivir cada amanecer como el último, sin esperas. Aprendí que de esperanzas no se vive, ni se come, aun siendo verdes. No vale la pena esperar nada. Elegir sería y es el mejor verbo. Elegir sobre la mesa, sentados, con comida o deshechos, hambre y deseo.
El poder que aglutina querer elegir, sobrepasa sobremanera el nimio y absurdo camino de la esperanza
En todo este tiempo no llegué a olvidarla nunca, y también en alguna ocasión eché de menos sus manos bajo la ducha. Por casualidad, unos días antes de saber de ella, perdí su número al irse al suelo mi móvil. De todas formas cuando el móvil aterrizó en el suelo, con la pantalla horizontal a él, no perdí nada, porque ya nada había entre nosotros. Si es cierto, que quedó merodeando en mí un exquisito recuerdo: sexo y pasión sin flores ni florero. Ella fue el seísmo que todo hombre quiere sufrir una vez en su vida, el sueño del que nunca logra disfrutar de las drogas y al conocerla sufre un gran colocón. Adictiva de ideas y de piernas, con una mirada perdida que cuando llora se centra y acosa, acosa al verse atrapada panza arriba como una gata, hasta el punto de llegar a quererlas a ambas: a la gata que mira y espera que se la metas y a su alma: tan bella por inquieta, tan delicada por sumisa, tan rebelde por buscada.







