Abril 11, 2008
Me confieso ignorante
Posted by PEtEr under Ensayo, Relatos | Etiquetas: Ambiguo, perfil, dudar, prejucios |Desde el taxi hasta la entrada del hotel apenas había unos metros, la distancia y el tiempo en recorrerlos no superaban apenas un puñado de pares de metros y de segundos. Pagó, bajó a la acera y dejó atrás el retrovisor interior descolocado y a su dueño arreglando el ángulo correcto. Vestido negro ceñido, medias de lycra brillantes y un bolso a modo de maleta de color plata pintada. Liviano maquillaje, de mañana y de fácil limpieza, y labios jugosos ligeramente retocados, dejaban entre ver que hacía poco más de media hora que había
aterrizado, eso y su vestido algo arrugado y elevado.
A cada paso, que hasta desde las calles adyacentes hubieran querido fotografiar, por irrepetibles, el suelo se endurecía si cabe un poco más, y bajo él los cables de fibra óptica estaban a punto de sufrir una sobre tensión sexual, por exceso de cálculo angular. Mirar, miraba hasta el tendero de la esquina, que vende fruta por las mañanas cerca de la calle Alberto Aguilera; el mismo que por las tardes, antes de que vengan sus clientes, se dedica a observar como pasa la vida por allí sin comprar nada, manzana en mano. Acompasados pechos ataviaban el campaneo de sus tacones. Hasta el ciego de la Once, que padece siempre de una mirada fija, esa mañana al verla pasar movía el cuello acompasándolo con el avance de las piernas, al unísono, de una manera asombrosamente exacta. Un reducido bolso ─ya que todo depende de lo que se quiera guardar en él─, sumido en su mínima expresión, albergaba un móvil de última generación. Mirada al frente, original de los felinos en busca de su guarida de cinco estrellas de ocho puntas cada una.
No dejaba ninguna duda detrás suya, solo alguna que otra baba. Más que tener un halo de belleza, vivía con ella a cuestas; cargada, que no de peso, y sumida entre una vida de cartel de carretera y la fragancia Chanel de un frasco dejado caer. Sin excesos, con ternura, sin nada que sobrepasara la frágil línea del mal gusto. Solo los equilibristas de los mejores circos del mundo consiguen sostenerse al estar constantemente al borde de la atracción fatal y cerca de la peor y más dulce caída. Ella, sin saberlo, con una fuerza más genética que exógena dominaba la felicidad y el destino de todos los hombres que hubieran podido ser fotografiados mirando como el taxi marchaba. Ellos, sin saberlo, desconocían si aquel ser podría causar algún daño. No hay nada mejor qué el que sólo ve lo que quiere y usa su ignorancia en su beneficio. Me confieso ignorante y termino con un punto y aparte.
