El que regresa de no encontrar lo que pensaba, siempre vuelve con otra cara. Sufre la descomposición de una parte de sus ilusiones que mueren por alguna parte de su cuerpo, cerca de la cara. Y su rostro acaba por apestar a fracaso, a cada día, a cada intento, un poco más. Creí tener un don en reconocer a las personas a primera vista, pero ahora caigo en la cuenta de que era olfato y no vista. A consecuencia de esa putrefacción interna, la válvula de la felicidad se cierra, se atrofian los sentidos y donde antes veíamos a una preciosa mujer, por la mañana mientras pedíamos el periódico a la par que el café, mientras llovía y esperábamos junto al semáforo para cruzar la calle, ahora vemos una sombra con leche, pelo que emite un gruñido al pedir un donuts, una luz con forma de maniquí rojo que nos impide cruzar y beber. Llegados a ese punto no parece haber motivos para desayunar fuera. Nos miramos en los bolsillos y no tenemos monedas sueltas, quizá, en el mejor de los casos, algún billete del cual no nos queremos desprender. El secreto podría ser buscar a alguien que venga de encontrar, en el café de la mañana, lo que yo no vi o no pude ver durante todo el día ─durante la segunda de mis vidas. La primera se fue─. Si algún día tengo la fortuna de encontrarla, tendré que hacerle ver que tendrá que fingir que me buscaba, para así poder conseguir ver en ella lo que hace muchos días dejé de ver. Vería, de ser así, su reflejo en mi ser.
Percibimos siempre la normalidad como algo agresivo que perturba nuestras esperanzas. Necesitamos que la normalidad se vea agredida, que aquella amiga lejana se acerque, que suene el teléfono, que nos llame un beso y estar para poder cogerlo, que se caiga y no se rompa un vaso de cristal de bohemia en nuestros pies. Imposible parece. Lo es.
Martes 13 de Mayo de 2008
Archivo Diario
Mayo 13, 2008