Sentí la necesidad de enviar un mensaje. Ciertamente no importaba saber que no tendría nunca respuesta alguna. Gritar por la ventana podría valer, pensé. No lo hice, pero pensar que el mensaje rebotaría en la fachada del número 57 de mi calle y que, sin remedio, iba a devolver algo a cambio, fue un ejercicio agradable de amor propio, con un olor a aire de Mayo reflexivo. Calibrar contra el ladrillo rojo mis aullidos, eso pretendía.

Escribir es batir ideas, de un presente que nos encierra, en imágenes, vasos con hielo o palabras, sentencié mientras cerraba la ventana.

Digo estas paridas a cuento de algo. No penséis que he perdido la razón. Me vino a la mente la metáfora del grito contra la pared cuando pensé en la importancia de los mensajes vanos que enviamos a diario a nuestro alrededor. ¿Cómo saber qué sentimientos desprenden en nuestro interlocutor? Partiendo, eso sí, de la base sólida que todos mentimos cuando nos bañamos en las aguas del buenismo, ¿existe alguna manera de calibrar la impresión sincera que causamos?. Evidentemente no, no existe tal rasero. Hablo de interlocutores sin lazos emocionales comunes, hablo de gente que habla con gente, sin más. Hagamos un esfuerzo y dividamos las posibles respuestas o impulsos. Tendríamos: las malas, las buenas, y las regulares o mejor llamadas inútiles por difusas.
Descarto del seudo análisis las regulares porque no llegan a ningún puerto, y porque no me apetece pensar en el interlocutor que piensa que alguien es regular. ¡Será desgraciado! Llámame puta…pero…
De las supuestas opiniones buenas que pudieran tener para con nosotros, el razonamiento es parecido: si son buenas puede en gran medid que no sean sinceras (buenismo social); en el bien no cabe el enigma, ni la duda, y acaba por ser no más que un camino floral sin olor.
El verdaderamente agraciado es el que de vez en cuando cae mal. Cae mal porque oculta gran parte de lo que es y hace varar a quien osa juzgarle. Y lo más importante: el que es malo, el que a veces cae como agua fría, si alguna vez descubre al mundo, por interés o por una mera bajada de su guardia, esa parte misteriosa que no agria y acaba por levantar su piedra oculta, permite al interlocutor llegar a poder oler su esencia misteriosa, quedándose esa persona prendada para siempre de ese olor que nunca pensó que pudiera llegar a existir. Amar es descubrir lo que otros no pueden oler y mucho menos ver.