Cuando la ficción narra, omite las pausas entre el ir y venir de las cosas. No existen puntos intermedios entre acto y acto, no hay silencios si no hay llantos, no hay luces ni focos para los actos mundanos. Juan José Millás lo llamaría: “el otro lado de las cosas”.
Tú, sin darte cuenta, vas a leer, vas a vivir un acto mundano, ahora al seguir leyendo. Intentaré crear algo significativo desde la tierra árida y mundana de un párrafo.
“Mientras la tarde caía, llegaron a casa, dejaron las compras cerca de las patas de una mesa y él se sentó con gesto agotado en el sofá. Espérame a que traiga el café─dijo ella, con una pequeña sonrisa retenida en su par de mofletes─.”
A consecuencia de la sonrisa, él sabía que antes de que bebiera el primer sorbo de café ella iba a besarlo lentamente, con los labios mojados y de la forma que besan quienes quieren amar sobre todas las cosas. Mientras esperaba a que viniera el beso junto al café, se distraía con el mando del aire acondicionado, encendiéndolo y mirando que las aspas empezaran la conocida danza. Se entretenía imaginando, como si fuera una ilusión nocturna, que ella iba a regresar desnuda de la cocina; deseaba tanto verla, como si los años hubieran hecho aumentar el deseo y no el olvido; deseándola con las ganas de un hombre olvidado, sin serlo; queriéndola cómo un indigente bajo la intemperie, que en noche fría espera algo caliente, un poco de humeante café que alegre su gélido invierno. El preludio de su presencia sería el aroma del café, después el olor a sexo que desprenden las tardes de verano cuando se produce el milagro de una sonrisa cómplice. En la espera, sufría al no escuchar la cafetera. No sabía que el agua tardara tanto en hervir. Quizá, pensó, todavía no había puesto la cafetera; a lo mejor no había hielo en la nevera, a lo peor se había equivocado con sus deliberaciones sexuales. Encendió el televisor, se recostó sobre el brazo del sofá, postrándose sobre su espera; cuando el sonido de los anuncios rompía en pedazos el silencio, apareció ella por la puerta del salón con un vaso en cada mano lleno de café y hielo. Palpó a ciegas la mesa en busca del mando a distancia, quería bajar el volumen; no podía hablar, sus manos estaban ocupadas, su alma navegaba entre el sudor y el hielo. Los vasos, uno frente al otro, esperaban, mientras el hielo se deshacía, a ser bebidos después de la siesta.
Julio 3, 2008 at 11:31 pm
SINUOSO, SUGERENTE, MUY ELEGANTE, PRECIOSO, NO SE PORQUE ESPERABA SEXO MAS EXPLICITO, PERO ME GUSTA.