Bruselas, 19:30h.

Quizá no te veas pero estás

Por momentos eché de menos un paraguas. Había estado el día soleado y repleto de luces y reflejos. Mi objetivo, de lentes y miradas, navegaba por las calles e intentaba captar el tiempo antes de que se marchara para siempre. Creí necesitar un paraguas unos minutos antes de que empezara a llover, por rabioso instinto. Unas pocas gotas de tristeza y después paró. Sobre la acera contraria capté el momento de dos paseantes enamorados bajo la lluvia y el objetivo de la cámara sufrió de sombras y falta de pulso; sensaciones de cariño húmedo, ausencias rotas bajo una ligera llovizna. Qué generosa hubieras sido, pensé y recordé; qué hermosa ya me habías parecido antes, afirmé, cuando vi como te refugiabas del agua de lluvia, si hubieras estado allí; bajo una sonrisa hubieras compartido el paraguas inclinándolo ligeramente, claro. Parecía que estabas allí, sin estarlo. Parecía que como no podías estar detuviste a cambio la lluvia. Un pacto de conveniencia entre tú y la naturaleza ─parecía reconocer, al ver un pedazo de papel mojado─. Un intercambio de ilusiones: tu presencia en forma de aire para interrumpir unas gotas de agua interminables que quemaban mi ser al sentir que me podrían mojar.

Vacï uno de los huecos, un asiento

Después, verde hierba y un banco vacío de ausencias, sin marcas en su madera. Y una inmensidad verde de suaves pelos se postraba bajo mis pies. Lástima de sol, lástima de merienda improvisada junto al sonido de dos copas labiadas. Qué ruido más grande provocan en mí los bancos vacíos de ausencias; creo reconocer ecos y risas entre el silencio del parque. Lejanía de verdes esperanzas que una vez que han cruzado la frontera se tornan insoportables. Besos de maleta, sacos de paseos no dados, fetiches tirados cerca de un destino por momentos descuidado. Olor a sexo mojado.

Parque de criaturas y amantes. Estábamos observados por pies verdes y nuestras propias miradas. Gigantes sensaciones que no eran más que árboles. Hojas secas y unas pizcas de instantes carentes de rumores que aprovechábamos para mentirnos una vez más y besarnos antes de que la criatura despertara de su letargo silencioso. Creía que podría despistarla, te cogí de la mano y cruzamos un río con hebras de agua, después más silencio y miradas a ambos lados. No, no parecía estar, pero estaba. Al terminar un beso apasionante, un beso de los que detienen el tiempo y resuelven el problema dejando una estampa, tumbados bajo el húmedo césped, osé a abrir los ojos sin querer y allí estaba a punto de pisar el instante. Quería sepultarnos bajo nuestro propio parque privado, bajo el parque del amor; sin dejar huellas quedaríamos enterrados junto a sus raíces. Es el fin, pensé. Nadie nos volverá a ver y tampoco nos veremos crecer.

Ha pasado un año desde aquello y todavía estamos tapados, cerca siempre del recuerdo. Pero seguimos creciendo sin que esa criatura de los infiernos sepa que estamos haciendo. Crecemos junto a sus raíces, todavía juntos, sin poder vernos, de la mano bajo tierra fértil: hacia dentro, hacia nuestros adentros.

Desde el taxi hasta la entrada del hotel apenas había unos metros, la distancia y el tiempo en recorrerlos no superaban apenas un puñado de pares de metros y de segundos. Pagó, bajó a la acera y dejó atrás el retrovisor interior descolocado y a su dueño arreglando el ángulo correcto. Vestido negro ceñido, medias de lycra brillantes y un bolso a modo de maleta de color plata pintada. Liviano maquillaje, de mañana y de fácil limpieza, y labios jugosos ligeramente retocados, dejaban entre ver que hacía poco más de media hora que había No es ella, pero se pareceaterrizado, eso y su vestido algo arrugado y elevado.
A cada paso, que hasta desde las calles adyacentes hubieran querido fotografiar, por irrepetibles, el suelo se endurecía si cabe un poco más, y bajo él los cables de fibra óptica estaban a punto de sufrir una sobre tensión sexual, por exceso de cálculo angular. Mirar, miraba hasta el tendero de la esquina, que vende fruta por las mañanas cerca de la calle Alberto Aguilera; el mismo que por las tardes, antes de que vengan sus clientes, se dedica a observar como pasa la vida por allí sin comprar nada, manzana en mano. Acompasados pechos ataviaban el campaneo de sus tacones. Hasta el ciego de la Once, que padece siempre de una mirada fija, esa mañana al verla pasar movía el cuello acompasándolo con el avance de las piernas, al unísono, de una manera asombrosamente exacta. Un reducido bolso ─ya que todo depende de lo que se quiera guardar en él─, sumido en su mínima expresión, albergaba un móvil de última generación. Mirada al frente, original de los felinos en busca de su guarida de cinco estrellas de ocho puntas cada una.

No dejaba ninguna duda detrás suya, solo alguna que otra baba. Más que tener un halo de belleza, vivía con ella a cuestas; cargada, que no de peso, y sumida entre una vida de cartel de carretera y la fragancia Chanel de un frasco dejado caer. Sin excesos, con ternura, sin nada que sobrepasara la frágil línea del mal gusto. Solo los equilibristas de los mejores circos del mundo consiguen sostenerse al estar constantemente al borde de la atracción fatal y cerca de la peor y más dulce caída. Ella, sin saberlo, con una fuerza más genética que exógena dominaba la felicidad y el destino de todos los hombres que hubieran podido ser fotografiados mirando como el taxi marchaba. Ellos, sin saberlo, desconocían si aquel ser podría causar algún daño. No hay nada mejor qué el que sólo ve lo que quiere y usa su ignorancia en su beneficio. Me confieso ignorante y termino con un punto y aparte.

El momento clave

 

Bella diosa, de capa blanca y pantalones vaqueros pitillo, deseo poder llegar a verte traspasar el umbral que nos separa. Por un momento, llegue a sentir que se apagaban las luces y eché de menos tus sombras sin haberte visto. Me quedé sin poder llegar a ver como te cambiabas de ropa y, allí clavado, eché de menos tus besos que todavía no puedo recordar, eché de menos tu mano sin haberla cogido, tu perfume sin olor, tu anillo.
Si la vida fuera fruta fresca, ya te hubiera exprimido, pero la vida no es más que una confusión de ideas y en medio un puñado de huesos, diálogo y, para los afortunados, algo de cariño.
Vida repleta de palabras ahogadas entre dos océanos que no tienen nada que decirse. Estacas sobre huesos quebrados y para colmo apenas diviso un poco de brillo en el cristal, y se hace de noche sin que suceda nada que pueda detener el ocaso de mi sino. Señora que es dueña de la existencia y que tiene el poder de dejarte desnudo dos veces. La primera sin avisar, directo al acantilado del frío. La segunda avisando, pero sin tiempo de saber dónde está el calor del camino. Recuerdos que intentan construir un presente, remedios caseros contra el silencio, balcones sin piso que te hacen precipitarte al vacío. Bella diosa, de capa blanca y pantalones pitillo, deseo poder llegar a ver como nos besamos sin desvanecernos entre el vaho que derraman tus labios, por culpa del frío.
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ONCE: Falling Slowly

Las sorpresas siempre son bien recibidas. Da igual de que naturaleza vengan. Las buenas porque buenas son, y las malas porque nos zarandean y nos hacen versar el denostado y ridículo: ‘no hay mal que por bien no venga’. La sorpresa esperó que pasara el sábado, tranquila y segura de que iba a aparecer cuando yo menos la esperaba. Ellas eligen el día y la hora de aparecer, nosotros únicamente el sitio donde las vamos a recibir. Sonó el teléfono dominguero dos horas antes de la hora de comer. La sociedad y el compromiso me citaban en un tanatorio. Yo iba para ver a una amiga, nada más.
Los muertos nunca me han provocado miedo, ni siquiera respeto, algo de paz e indiferencia, quizás. Están tan lejos de mi negro universo que no creo en ellos, de momento. En la muerte sí creo, como la mayor y más justa de las justicias. Algo así como el descanso del guerrero.

Una vez me vi entre velatorios, y el atestado bar post morten, caí en la cuenta del tipo de personas que suelen encontrarse a la luz de los cirios. Personas que únicamente se ven cuando alguien muere. De la misma manera que, cuando un niño nace, otro en la otra punta del mundo muere o retoza, a saber. Amigos de bodas y muerte; gentes, que por lejanas, se amarran al último hilo que en un momento de sus vidas los unió, al último y al primero, al enlace de amor y al desenlace absoluto que es la muerte. En el fondo esas gentes están olvidadas entre si, dejadas de sentimientos mutuos, sin nada más en común que reconocer que hace buen tiempo al darse los ‘buenos días’.

Ahí parece haber llegado ella, al punto de situarse conforme a las normas sociales más estrictas. El destino volvía días más tarde a darme más y más leña, por si no tenía bastante, por si me quería olvidar del todo, por si pensé en algún momento que no volvería a verla jamás. Allí estaba, pero no estaba. Allí me saludo, pero sin mirarme. Allí anduvo cerca de mí alrededor de una hora, pero tan lejos como la muerte o la boda que nunca se celebró.

Cuando te acercas a los treinta, si no es antes, existe en nuestro interior una esperanza de paternidad. Una ilusión, un pensar que nuestra alma algún día se tendrá que dividir formando una nueva vida, en parte nuestra, de los dos, antes de morir.
Siempre quise tener un hijo con ella, y ella nunca quiso o no pudo tenerlo. Una pequeña ‘cosa’ de ambos, y nuestra. Pero es una guerra perdida, una más de una batalla sin tregua. Nunca llegamos a tenerlo, ella me abandonó hace tiempo. Sí, lo afirmo, no lo niego. Ninguna omisión piadosa más, ni un solo engaño más, Pedro.

Pedro, serán pocos lo que leen tus penas, pero lo peor es engañarse a uno mismo con sentimientos que eran y ya no son, con besos que fueron y ahora no son más que un vacío podrido caído en pozo hambriento.
Sé que toda ella ha retroalimentado mis palabras hasta hoy, que aún no amándola es lo único que pesa en mi báscula de sentimientos y por lo único que daría la vida siendo consciente de no merecerlo. Qué más da si es justo o no, desnudo o está vestido de inquietas ficciones. La única verdad llevaba a la práctica más aplastante, al pragmatismo enfermizo del que delira de amor, es que odio a mi vida hueca; porque cuando parece que camino sobre terreno duro llega cualquier despeinada e inoportuna noticia y acabo cayéndome de morros hacía un charco donde ella se refleja.
Por si alguien se pregunta el porqué de mi oquedad, el significado de sufrir absurdamente por no tenerla, le diré que hoy por la tarde he sabido que parte del niño que desee tener con ella va a nacer pero solo a medias.

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‘Ya anochece’, dijiste sin apenas mover los labios. Yo empezaba a tener dificultades para ver la carretera. Luces de cruce y gesto a la derecha, a un punto incandescente que alumbraba tus ojos y por allí el humo flotando entre dos cabezas. Una ventana semiabierta, una mezcla de música ligera y aire fresco, en una noche olvidada de primavera, de un viaje que fue o de otro cualquiera. Que dulce era aquel silencio melódico cuando no hablabas pero mirabas, que sensación tan placentera es imaginar el coche como joyero, esperar unos minutos y ver ya listas arriba las estrellas.
Sin saberlo, sin tener más obligación que la de mirar los carteles de la carretera, que bien mirabas sin ver nada, en la penumbra y tan bella. A cada rato, cuando se te antojaba, te movías y quebrabas la armonía: tus manos rebuscaban, gracias a una pequeña luz, cintas de casete en la guantera. Trasteabas en una improvisada sala de tu propiedad, llena de plásticos con dos agujeros, cintas de casete mareadas de tanto hacer girar música, vuelta a vuelta. Era tu cuarto de soltera y el coche nuestra casa con ruedas. Medio grande o medio pequeño era y es el coche, dependiendo de si era de día o de noche.
Navegábamos juntos por las curvas, tumbándonos sobre las letras, girando por las canciones que tenían el don de trazar ilusiones. Eran letras sin sentido, en un inglés inventado, con ripios y versos, con la musicalidad perfecta para acompañarnos en nuestro viaje hacia aquel pueblo sin nombre en mi cabeza, pero con recuerdo, con aviso de la distancia que nos separaba del final del camino, bajo las campanas aún calladas del pueblo.

Noches alquiladas con olor a sabanas de hotel recién lavadas, más tú y yo como únicos huéspedes de semejante cálida esencia. Mañanas donde desayunábamos miradas, y muecas. De tardes de paseos sin destino, de amor de zapatos domingueros, repisándonos uno al otro, con banco a la sombra a la derecha y pipas con sal entre dos lenguas. Miradas sobre el plano de la ciudad que fue o que era, ‘ahora creo que es a la izquierda’. De besos sonoros que te daban vergüenza. ‘Espera que rebobino’, algo así decías para escuchar la sexta. Noches de amor insomnes, de viaje, parada, y cigarrillo en una gasolinera.

Bien podría haber contado otro viaje, otras fotografías a cada cual más bella: Granada y sus muros moros repletos de leyenda. No lo hago porque quedaría herido de tristeza, porque bastante he sangrado al volver a recordar su sonrisa cansina mientras buscaba mi mano, fingiendo necesitar una ayuda para subir la cuesta.

A la orilla del río Darro…Así hubiera comenzado. Pero ahora no puedo recordar y no quiero ver ese puente de madera, y a lo lejos, arriba,  la Alhambra; con sus piedras tan tristes y tan viejas, y sus muros con ecos de amor, que cuando como ahora oscurecen, ascienden por entre mis tejas.

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La vida a veces parece una sala de consultas médicas. Una abarrotada espera de problemas sentados al otro lado de la puerta y nosotros, junto a una silla de piel y madera, sentados allí con la obligación de pasar una improvisada e incómoda consulta. Nos sentimos en la obligación de tomar parte en cada uno de los diagnósticos, unas veces con conocimiento de causa otras con apresuradas prescripciones seudo médicas. Apresuradas emociones, intentos de no perjudicar al enfermo, prejuicios en la papelera del lamento, todos ellos y ellas detenidos en la duda, entre la responsabilidad y la aduana del sentimiento.

Amar es difícil, dejar de hacerlo enferma. Amores volátiles, sentimientos apagados que cuando llega el momento de la verdad, el momento de echar pasiones a la cara, se quedan a las puertas, sin número ni prima médica.
La cobardía tiene una única excepción, una exclusiva ocasión en la que no es condenable: mostrar a la mujer que ya no amas que sí la amas y que el hijo que espera es tuyo pero no así su futuro, porque realmente amas a otra mujer, también, igual que ella, de cabello rubio. Es duro y cruel no amar a quien amaste pero más cruel es tener que renunciar por amor a sangre de tu sangre. Qué límites tan solitarios, qué poder tan absoluto tendrá esta droga de querer amar, que tantos suspiros y dolores soporta. Qué razón tiene el poeta al cantar sobre amores que matan, qué simple parece todo hasta que llega el día en el que todo nos falta, el día en el que el amor topa con la vida y éste no llega ni a despeinar uno solo de sus pelos; pelo sucio y colmado de una puta y pegadiza esperanza de querer seguir amando a costa de todo y en el fondo de nada.

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Sé que deseas algo inesperado, algo que te deje con el gesto pálido y con una detenida sonrisa que te haga pensar. Creo que no sabes donde vas ni porqué peleas. También percibo reflejos de necesidad de besos, en forma de tormenta mañanera. Besos abruptos, sádicos y quizá robados, que después nos dejaran con los pantalones bajados. Siempre que me despido de ti, lo percibo. Es como un pequeño imán que tienes y yo tengo, una polaridad negativa mas otra positiva que llevas escondida dentro. Necesito tocarte. Apenas rozarte. Es eléctrico y me deja hervido. ¿Qué diferencia hay entre el amor y un deseo tan intenso? Si alguien sabe la respuesta, por favor, que me escriba a mi correo.

Porque, aun no siendo verdadero, aun no siendo nada que mueva uno solo de mis dedos, es tan, tan intenso, que merecería la pena irse de cabeza al muro del tropiezo. Quizá sea porque estoy al límite del enamoramiento, al límite absurdo que marca cómo y cuándo voy a caer sin mas motivo que el impulso dirigido por algo que no soy yo. Quizá sea la naturaleza que se revela al darse cuenta de que no tendré descendencia. El grito aterrador del niño que no ha nacido por mi culpa, que gime y protesta al verla.

Llegaste ayer a casa, cogiste su manta y te colocaste de una manera exacta. Sin saberlo, sin darte cuenta de nada, calcaste el gesto de un antiguo amor que estuvo sentada en el mismo sitio donde tú descansabas. Con el gesto de padecer frío, de taparte cuando no hacía frío, parecías susurrar que me querías dentro, dentro de la manta donde antes hubo amor verdadero.

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Recuerdo aquella tímida risa, de una tarde de abril. No debería, no tendría que hacerlo, no quería escribir. Pero el pulso acelerado me impide dormir, no descanso y sigo, y sigo pensando en lo que ahora voy a escribir. Aquella tarde descolgué el teléfono y, como se hacía antes, la pedí salir; con miedo, con temblores y la emoción que sólo un adolescente sabe sentir.
Mamar la novedad y soñar con ella, ese es el secreto de vivir, de vivir joven, de morir y reír.
Puños apretados después de colgar, emociones contenidas que a nadie podía contar, sobresalto emocional. Soledad de éxito y un poco mas allá el silencio. Después, prisas y una búsqueda frenética de camisa y calcetín. Cuándo todo parecía perdido, cuándo llevaba más de dos años observándola en clase de latín, con camisa blanca, perfumada de gestos y una sonrisa que zarandeaba las penas y abría puertas y más puertas, antes trancadas; por fin, esa tarde nublada y anodina, dijo sí.
Quedamos sobre las baldosas de un parque. El sitio tenía palmeras y allí siguen de pié, el otro día pasé por allí. No recuerdo el saludo, ni si dijimos algo antes o después de marchar para aquél bar con dos plantas y sin jardín. El rito había comenzado. Había que, aparentar normalidad, hacer de la comedia del cortejo un diálogo tranquilo y fluido. Despreocupadas palabras, rellenos, preludios de besos que estaban juntos a nosotros; todos viajábamos hacía aquél bar de nombre: Pacharán.
Una mujer menuda, ojos verdes, pelo oscuro y unos labios grandes y carnosos; todos estábamos junto a mí, cerca de unos refrescos en una pequeña mesa. Ahora recuerdo que quizá no era una pequeña mesa, sino una barra alta con banquetas altas −Lo recuerdo porque viene a mi mente sus piernas colgando y yo allí mirando−. Bebíamos y mirábamos pasar el tiempo, que a veces se detenía sobre restos de coca-cola en sus labios.
Entonces, hubo un momento que, los adornos dejaron de adornar, los preludios apenas tenían espuma y las palabras empezaban a pesar, como losas que no se podían pisar, no aguantaban el peso de lo que ella y yo queríamos escuchar. La presión ahogaba el momento, y algo debía de decir, rápido y sin dudarlo. Solucioné temporalmente el enredo y propuse jugar al billar. Nada de empedradas miradas, sólo pensaba en jugar a los amantes; en iniciar una partida nueva y refrescante. Según iban quedando menos bolas por meter, ya tenía decido que iba a decir al acabar la partida. Memorizaba cortos guiones, manuales de amante novel entre bola blanca y bolas de colores. No, espera que todavía no ha entrado. Ahora, sí. Era la hora de la verdad. La conversación telefónica había sido un preludio pero solo eso. Había que besar el presente real de sus labios después de haberlo hecho ya con sus oídos. Según terminé de meter las bolas en distintos agujeros, quedé frente a ella. De puntillas me acerqué hasta rozar la punta de sus zapatos. Nos distanciábamos cada vez menos. Tan cerca estábamos que podía oler su carmín. No podría reproducir lo que dije, porque tengo el recuerdo vago y además quedaría cateto y poco romántico, pero de lo que estoy seguro, y así fue, es que ese día nuestras vidas quedaron tan ceñidas como la distancia que había entre mi cintura y los botones de su camisa, pongamos gris. El mundo perdió dos seres pero ganó una raíz.
Después, al llegar a casa, no pude dormir. Enloquecía al recordar, me desbordaba la realidad. Apenas cerré los ojos, cegado quedé, pero recordaba, y recordaré siempre, sus labios y el sabor de su carmín. Pasarán las partidas, los años, los inviernos y después otro abril; pero ese día es tan mío y lo siento tan fresco que, ni la maldad más grande jamás conocida, ni las frutas caídas sin blandir, ni la sonrisa de la muerte, podrán robarme su recuerdo, el recuerdo de aquel carmín.
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Hay días que percibo un aroma a muerte junto al agua de lluvia. Imagino que son ríos de cloacas trasparentes y sucias que viajan hacía el mar, hacía su final. Final del que yo soy participe, como agua derramada o aire que de repente dejó de soplar. Llueve, y del terreno húmedo, que debería oler a vida humeante y mojada, cambia a una inodora y mohosa tristeza. Lluvia fina que llega a calar el alma, acompañada por una sensación extraña: morir parece no tener importancia. Siento que lo único que realmente me preocupa es poder dejar algún recuerdo imborrable para alguien, y así, en un futuro, ese alguien pueda recordarme por hechos y no por sentimientos muertos. Lástima que no tengo ni persona ni herramientas para ese fin. Es más, me supera por importancia el futuro ajeno a mí, el recuerdo del qué pensarán cuando haya muerto, más que todo lo demás que puedo y podré llegar a vivir. Es una extraña y novedosa manera de ver la vida: vivir para sellar con hechos las grietas de una existencia derramada en desamor.

Hace meses me preocupaban mis párrafos, los mimaba porque allí vivía ella, en una realidad cercana a las palabras. Centrado en adorar a un sustantivo antes que a un nombre, a una moraleja antes que a la propia belleza. Letras de trapo que abrigaban las frías noches de soledad. Escribía para soñar en el acto con las miradas que producirían esas palabras, ese era el objetivo. Ahora que parece real mi falta de cariño, efectivo y real hacia alguien, no estoy seguro de querer recuperarlo. De alguna manera sólo lo añoro para que algún día mis palabras sean besos. Las palabras y los sentimientos, una vez son consumidos por una mujer, son despojos; mujeres bellas pero crueles, con el único objetivo de sentirse amadas a gotas de alcohol, que pronto calienta pero rápido evapora.
El huerto de mi alma echado a perder, por no saber ella donde debía saciar su sed.

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