Abril 16, 2008
Bruselas, 19:30h.
Por momentos eché de menos un paraguas. Había estado el día soleado y repleto de luces y reflejos. Mi objetivo, de lentes y miradas, navegaba por las calles e intentaba captar el tiempo antes de que se marchara para siempre. Creí necesitar un paraguas unos minutos antes de que empezara a llover, por rabioso instinto. Unas pocas gotas de tristeza y después paró. Sobre la acera contraria capté el momento de dos paseantes enamorados bajo la lluvia y el objetivo de la cámara sufrió de sombras y falta de pulso; sensaciones de cariño húmedo, ausencias rotas bajo una ligera llovizna. Qué generosa hubieras sido, pensé y recordé; qué hermosa ya me habías parecido antes, afirmé, cuando vi como te refugiabas del agua de lluvia, si hubieras estado allí; bajo una sonrisa hubieras compartido el paraguas inclinándolo ligeramente, claro. Parecía que estabas allí, sin estarlo. Parecía que como no podías estar detuviste a cambio la lluvia. Un pacto de conveniencia entre tú y la naturaleza ─parecía reconocer, al ver un pedazo de papel mojado─. Un intercambio de ilusiones: tu presencia en forma de aire para interrumpir unas gotas de agua interminables que quemaban mi ser al sentir que me podrían mojar.
Después, verde hierba y un banco vacío de ausencias, sin marcas en su madera. Y una inmensidad verde de suaves pelos se postraba bajo mis pies. Lástima de sol, lástima de merienda improvisada junto al sonido de dos copas labiadas. Qué ruido más grande provocan en mí los bancos vacíos de ausencias; creo reconocer ecos y risas entre el silencio del parque. Lejanía de verdes esperanzas que una vez que han cruzado la frontera se tornan insoportables. Besos de maleta, sacos de paseos no dados, fetiches tirados cerca de un destino por momentos descuidado. Olor a sexo mojado.
Parque de criaturas y amantes. Estábamos observados por pies verdes y nuestras propias miradas. Gigantes sensaciones que no eran más que árboles. Hojas secas y unas pizcas de instantes carentes de rumores que aprovechábamos para mentirnos una vez más y besarnos antes de que la criatura despertara de su letargo silencioso. Creía que podría despistarla, te cogí de la mano y cruzamos un río con hebras de agua, después más silencio y miradas a ambos lados. No, no parecía estar, pero estaba. Al terminar un beso apasionante, un beso de los que detienen el tiempo y resuelven el problema dejando una estampa, tumbados bajo el húmedo césped, osé a abrir los ojos sin querer y allí estaba a punto de pisar el instante. Quería sepultarnos bajo nuestro propio parque privado, bajo el parque del amor; sin dejar huellas quedaríamos enterrados junto a sus raíces. Es el fin, pensé. Nadie nos volverá a ver y tampoco nos veremos crecer.
Ha pasado un año desde aquello y todavía estamos tapados, cerca siempre del recuerdo. Pero seguimos creciendo sin que esa criatura de los infiernos sepa que estamos haciendo. Crecemos junto a sus raíces, todavía juntos, sin poder vernos, de la mano bajo tierra fértil: hacia dentro, hacia nuestros adentros.








